Leer es uno de los pocos actos que todavía nos permite ir más despacio en un mundo que nos exige velocidad. Y quizá por eso también se parece tanto a la felicidad.
Dormir sin poner el despertador, salir a comprar el pan y el periódico, desayunar sin prisa, volver a la cama a leer, desayunar por segunda vez, ir a la plaza y quizás comprar pescado fresco, tomar el vermú con gafas de sol. La superioridad de los sábados es incontestable.