Con detalles pequeños se sostiene el alma, en diálogo sincero con el viento y con las hojas doradas que inocentemente acaricia.
Entrando el otoño, el árbol caduco aún renuncia a su despojo.
Ella dice que está confundida, que no sabe si abrir la puerta del corazón, no sabe si se aventura. Pero sus ojos hablan por ella: está dispuesta a la magia.
A la ciudad le gusta nadar en el río,
tocar el cielo,
sentir los pájaros del aire.
Tal vez, un día se eche al agua
y navegue Duero abajo,
hasta el azul océano.
Después, ¿quién sabe?
quizás ice sus velas
y, guiada por los delfines,
se haga pescadora de olas y caracolas…
¿Qué se hace cuando regresa el abandono y encuentra, todavía, la puerta entreabierta? ¿Qué se hace cuando el vacío adquiere peso, se instala detrás de las costillas y algo que no sabemos nombrar comienza a doler al mismo tiempo en la carne y en la memoria?
clamor del viento alojado en el contenido de la hoja
un ave fatigada se posará en él
y el árbol contendrá todas sus desdichas
«entre soledades se soporta aún más el peso de las cosas»
*
Y.