Al principio tenía dudas de venirme a vivir con un roommate que no fuera una chica. Apenas era mi primer año en la universidad, solo tenía 18 años, e irme a vivir con un chico de 25 me generaba inseguridad, a mí y también a mis padres. Pero el lugar era lindo, cerca de la u y a buen precio, así que accedimos.
Mi compañero ya trabaja y está sacando un posgrado. Es atento conmigo y, la verdad, está lindo, pero hasta ahí. No tenía ninguna intención con él, al menos yo, y también estaba segura de que me había dejado el cuarto más barato al verme. Esas eran mis suposiciones, y al final no iban a estar tan equivocadas.
Comenzó invitándome a comer los días que no teníamos ganas de cocinar; él pagaba todo. También, si veía algo lindo, me lo compraba. Luego vinieron los halagos: que me veía muy guapa, que olía muy bien. Me iba a recoger a la u cuando salía tarde. Todas esas atenciones me parecían muy tiernas y no veía malicia en ellas. También empecé a notar el cajón de mi ropa interior un tanto desordenado. Creo que sentía curiosidad por saber qué usaba su nueva compañera de cuarto. Claramente ahí sí noté morbo y malicia, pero sinceramente me gustaba sentirme tan atractiva y deseada por un chico mayor que conoce chicas mayores y más guapas que yo. O bueno, eso decían mis inseguridades, que hablaban por mí.
Las semanas pasaban y él seguía cada vez más atento, y yo más consentida, y eso me encantaba. Un día salimos a beber algo y regresamos tarde y un poco pasados de tragos. Entre bromas le dije que necesitaba hacer más ejercicio. Él me contestó que me podía ayudar con el cardio, y ambos nos volvimos a mirar de manera maliciosa y nos reímos sin dejar de vernos.
Le dije que gracias y que su propuesta era muy tentadora, pero que yo era colágeno para él. Me respondió que mejor aún, y me besó. Me separé sorprendida, no por rechazarlo, sino porque no lo esperaba. Le sonreí. Él me tomó del culito y me acercó a su cuerpo para volver a besarnos. Me manoseó las tetas como loco, me pasó la lengua por cada centímetro de mi cuerpo y me dio un par de orgasmos cuando se dedicó a lamer mi rajita. Me dio de misionero mientras me besaba, amasaba mis tetas y me miraba con perversión. Luego me puso en cuatro y me dio tantas nalgadas y embestidas con su rica verga que al día siguiente en clases me dolía moverme en la silla y me sonreía de solo recordar cómo me había cogido. Mis amigas lo notaron y me decían: “Conozco esa sonrisa y esa mirada, anoche te comieron, nenaaa, cuenta, cuenta”. Todo lo negué, pero me era imposible no recordar y mojarme.
Ese primer día, cuando me tenía en cuatro, le pedí que me avisara antes de correrse. Cuando lo hizo, cambié de posición rápidamente y se la mamé para recibirla toda en mi boca. Llevaba días queriendo probar el sabor de su semen y también quería regalarle la imagen de mi dulce rostro bañado en su leche.
Desde esa noche de copas siempre cogemos, y un día como hoy, antes de irse al trabajo, pasa a mi habitación, me besa con suavidad, acaricia mi culo y, a pesar de que tiene que irse, no logra con la tentación y termina montándome. Primero acaricia mi culito (duermo en tanga solo para provocarlo), me manosea hasta que se le pone dura, se desnuda y me saca las bragas; yo colaboro. Me volteo y le paro las nalguitas blancas y suaves que lo vuelven loco para que me use antes de irse. Me entrego a él y me corro mientras él me jala del cabello y me dice que soy suya y que le encanto. Escucharlo gemir mientras me penetra me supera y siempre me hace venirme antes que él, como debe de ser. Al inicio usábamos condón, pero me encanta sentir su leche derramarse en mi interior y a él sentir mi carne en la suya.
Se corre dentro, me da un par de nalgadas para marcar su territorio (como si necesitara hacerlo), me besa con suavidad y se va al trabajo mientras yo vuelvo a dormir un poco más antes de irme a clases, sintiendo cómo su semen se escapa de mi interior mientras sonrío y el sueño se apodera de mí.