El Mundial no transforma ciudades, las revela. Lo que los japoneses, sudafricanos y coreanos verán en Monterrey no será el Nuevo Nuevo León prometido, sino una versión cara e iluminada de un problema que se arrastra desde hace 30 años. El maquillaje mundialista es en sí mismo un diagnóstico: una ciudad que necesita un evento global para justificar infraestructura básica es una ciudad que nunca pudo justificarla por sus propios ciudadanos.
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