No hay que forzar nada. Las personas saben lo que quieren y también saben lo que arriesgan a perder. Quien quiere quedarse, se queda. Quien quiere saber de ti, te llama. Quien quiere verte, encuentra el tiempo. Quien te ama, te lo demuestra. Lo demás son solo excusas y aprender a aceptar eso aunque duela también es una forma de dejar de abandonarte a ti mismo por no soltar a otros.
“El reloj no suena, pero corre.”
No te das cuenta. Al principio crees que hay tiempo para todo: para decir “te quiero”, para pedir perdón, para abrazar más largo o mirar con calma. Crees que esa llamada puede esperar. Que ese plan se puede hacer la semana que viene. Que esa persona va a estar ahí siempre.
Y un día te das cuenta de que no.
De que todo lo que parecía urgente era ruido. Y que lo importante —aquello que te hacía sentir vivo— ya no está.
Porque el tiempo no avisa.
Se va.
Y cuando lo hace, solo queda una pregunta que nadie responde: ¿por qué no lo hiciste antes?
Así que aprovecha. No dejes para mañana ese paseo, ese beso, esa conversación pendiente.
Porque al final, cuando el tiempo se acaba… lo demás, todo lo demás, ya no importa.
Cerca del mar todo cobra sentido.
Las prisas se van, las heridas respiran, y los silencios no pesan.
Es como si el mundo se hiciera más pequeño, más sencillo.
Como si todos los “no sé” se calmaran con el vaivén de las olas.
Aquí, las historias comienzan sin necesidad de un guion.
Aquí, la gente se encuentra. Consigo. Con otros. Con la calma.
Porque cerca del mar, los abrazos saben distinto.
Los sueños parecen alcanzables.
Y el amor -el de pareja, el de familia, el propio-
late más fuerte, pero sin hacer ruido.
Cerca del mar siempre es el sitio correcto.
Para volver. Para empezar. Para quedarse.