Querida amiga @CeciPatriciaF , me siento feliz de que tu búsqueda por fin rindió frutos, pero me llena de tristeza que sea de esta forma.
Gracias por no rendirte; buscando te convertiste en una bendición para miles de familias que hoy no tienen que llorarle al viento porque les ayudaste a encontrarse.
Estoy segura que será el amor de las madres y el dolor de los que ya no están, lo que nos de la fuerza para cambiar el rumbo de este país. Te mando un abrazo lleno de amor y fuerza.
25 uniformados asesinados. Detrás de cada uniforme hay una familia, una historia, una decisión valiente: salir a proteger sabiendo el riesgo. Ponerse el uniforme hoy es un acto de honor y de coraje. Que portar el uniforme hoy, no sea sentencia.
En días como hoy quiero reconocer a quienes rara vez reciben reconocimiento: los soldados, marinos, hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y la GN que en este momento están lejos de sus familias, enfrentando lo que nadie debería enfrentar. No son cifras. No son operativos. Son personas, con hijos, con padres, con alguien esperándolos en casa.
Desde aquí, mi respeto absoluto a la tropa a los que cumplen con honor, con valentía, y muchas veces sin que nadie les diga gracias.
Hoy se los digo: Gracias. México les debe más de lo que sabe. 🇲🇽❤️🔥
Mi hijo, Carlos Emilio Galván Valenzuela, desapareció la madrugada del 5 de octubre de 2025 en Mazatlán, Sinaloa. Ingresó a un establecimiento acompañado de sus dos primas y, a los pocos minutos, se dirigió a los sanitarios. De ahí no volvió a salir. Ese es el último momento en que se le vio.
Como familia hemos tenido que aprender procedimientos, tiempos y lenguajes que no elegimos conocer. Hemos tenido que sentarnos frente a escritorios, escuchar explicaciones escasas, respuestas incompletas y, muchas veces, silencios. Y en ese proceso, duele profundamente percibir miradas cansadas, gestos de hartazgo, actitudes que hacen sentir que insistir por la vida de un hijo incomoda.
La escasez de información no solo genera incertidumbre: revictimiza.
Obliga a repetir la historia una y otra vez.
A justificar por qué se pregunta.
A explicar por qué el tiempo importa.
A aceptar que la angustia propia parece no tener lugar en agendas saturadas.
Y aun así, no hay opción.
Porque quienes buscan somos las familias, pero quienes tienen las herramientas formales siguen siendo las autoridades.
Porque, aunque el trato duela y la espera desgaste, la vida de mi hijo sigue dependiendo de esas decisiones, de esos tiempos, de ese compromiso que muchas veces no se percibe.
No expreso esto desde el enojo, sino desde la realidad cotidiana de transitar una desaparición. Esperar respuestas de quienes no parecen dimensionar lo demandante del caso deja una carga adicional: la de sentir que el dolor propio estorba, que la urgencia incomoda, que la vida ausente se vuelve un trámite más.
Mi hijo no es un expediente.
No es una molestia administrativa.
Es una persona cuya ausencia tiene consecuencias reales y diarias.
Entendemos que las investigaciones requieren método, pero también requieren empatía, claridad y responsabilidad. Cuando estos elementos faltan, no solo se debilita la búsqueda: se hiere de nuevo a quienes ya han sido profundamente lastimados.
Este caso no es aislado. Forma parte de una realidad que nos involucra como comunidad. La normalización de la desaparición ha hecho que las familias carguemos no solo con la ausencia, sino con la tarea de exigir humanidad.
A las autoridades les pido que recuerden que detrás de cada carpeta hay una vida suspendida y una familia que espera. Que ninguna búsqueda debería hacerse sin sensibilidad. Que ninguna madre debería sentirse incómoda por exigir a su hijo.
A la sociedad y a los medios les pido que no se distancien. La vigilancia pública y la atención constante también son formas de cuidado.
Yo sigo esperando a mi hijo.
Esperando con dignidad, con lucidez y con la esperanza de que todavía haya decisiones que marquen la diferencia.
Quiero a mi hijo de vuelta.
Porque su vida importa.
Porque aún hay tiempo.
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