RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos. BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan. BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿Cómo ha estado últimamente?
RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí. BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.
RULFO: ¿Cómo así?
BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
RULFO: Así ya me puedo morir en serio.
Fragmento de una conversación real entre Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.
La expectativa es tan alta que rara vez la adaptación audiovisual de una novela ha generado tanta impaciencia y curiosidad. En quince días saldremos de dudas.
El anime no es solo para niños. Por ello, cuando la sangre, los desnudos, las violaciones y las mutilaciones llegan a la pantalla en forma de caricaturas no escapan a la polémica o censura, pues demasiada violencia puede influir negativamente en el público infantil.
[Abro hilo]
Brujas yendo al Sabbath, es un cuadro del pintor español Luis Ricardo Falero, realizado en 1878. Se encuentra actualmente en una colección privada.
La pintura muestra un grupo de brujas, casi todas desnudas, en vuelo para ir a participar en un aquelarre, un lugar de encuentro donde se hacían rituales de magia negra y orgías. También aparecen otras criaturas relacionadas con la brujería, como un murciélago, una cabra y un gato negro.
Entre las diversas figuras destaca un grupo en primer plano compuesto por dos brujas, una de las cuales va montada en una cabra y la otra es una vieja bruja que se agarra a uno de los cuernos de la cabra y se apoya en una joven bruja de cabellos rojos (la cual a su vez se agarra a un brujo). En la parte derecha del cuadro hay otras tres criaturas siniestras: el esqueleto de un pelícano (un símbolo de muerte en la tradición egipcia) y un esquelético cadáver humano viviente y una salamandra (un espíritu del fuego según los alquimistas).
La obra sigue una disposición en espiral, debida al ritmo giratorio de los personajes sobre el fondo.
El cuadro tiene tonos muy uniformes y, a pesar de estar ambientado por la noche, hay mucha luz, gracias a la Luna.
Falero era conocido por sus pinturas que representaban a las brujas de manera sensual, a menudo dibujadas a horcajadas en sus escobas, y este cuadro le da al espectador una sensación de éxtasis debido al vuelo giratorio de las mujeres.
Tales pinturas tuvieron un gran éxito en la Inglaterra victoriana, dado que el público estaba interesado en los temas esotéricos y ocultistas, apreciados por el gusto decadente.