Estoy siguiendo la guerra tuitera entre los japoneses y los brasileros. Nosotros no somos ni una décima parte de lo que es tuiter Brasil en cuanto a humor. Están en otra liga.
Argentina ganó el Mundial en 2022 y un millón de personas salieron a celebrar en las calles de Buenos Aires. Sin quemar, sin destruir.
No es racismo, es evidencia.
Tema entretiempo del Super Bowl. Como argentino, no tengo un carajo que ver. Argentina es rioplatense e hispano-criolla: se formó, en parte, en la llanura y con alpargatas, no en la playa y con ojotas. Buenos Aires era adoquinada y de balcones de hierro, no de palmeras, bananos ni arena. Se crió en tango y folklore, no en ritmos caribeños. Nuestra historia no se forjó como una postal de hamaca y piña colada, sino tierra adentro, entre mate amargo, facón y alambrado, con el gaucho poniendo, lomo al sol, su fuerza de trabajo. Ningún abuelo cruzó el océano en una barcaza de madera podrida pensando en tomar coco frío con pajita y bailar bachata. La llamada hermandad latina es un branding yanqui y Bad Bunny un pelotudo atómico