" (Pol)- No sé qué hacer, no sé qué tengo que hacer, no sé lo que puedo esperar
(Merlí)- Acabas de definir lo que siente toda la humanidad"
#MerliSapereAude
Hay una antigua frase japonesa que dice: “Ya sea una máquina, una casa o una relación, el mantenimiento siempre es más barato que la reparación”.
Lo que no se mantiene, se termina perdiendo.
La culpa es uno de los afectos más poderosos de la psique humana. No es simplemente una emoción moral; es un fenómeno estructural.
Existe una culpa real: aquella que surge cuando el individuo ha actuado contra sus propios valores conscientes. Esta culpa es saludable. Señala una fractura entre el yo y el Self, entre la conducta y la totalidad interior. Su función no es castigar, sino llamar a la conciencia.
Pero existe también la culpa neurótica.
En este caso, el sujeto se siente culpable no por lo que ha hecho, sino por lo que es. Culpa por desear, por diferenciarse, por crecer. Esta forma suele tener raíces infantiles y está ligada a la internalización de figuras parentales severas.
En el fondo, muchas veces la culpa es el resultado del conflicto con la sombra. Aquello que no aceptamos en nosotros mismos retorna en forma de autoacusación. Mientras no integremos nuestras ambivalencias, seguiremos sintiéndonos secretamente en deuda con una instancia interior que nos juzga.
La culpa consciente puede transformarnos.
La culpa inconsciente nos paraliza.
El trabajo psicológico consiste en distinguir entre ambas.