Hay actos que marcan un límite. Lo que ocurrió con ese coipo en el centro de Bahía Blanca no fue un acto deliberado de crueldad contra un ser vivo indefenso.
Perseguir a un animal, patearlo hasta matarlo, filmarlo y exhibirlo en redes sociales como si fuera un motivo de orgullo revela un nivel de violencia que una sociedad sana no puede naturalizar.
Una vida fue extinguida únicamente por diversión. No hubo necesidad, no hubo defensa, no hubo accidente. Hubo sufrimiento, indiferencia y una decisión consciente de convertir ese sufrimiento en espectáculo.
Frente a hechos así no alcanza con mirar para otro lado. La crueldad animal merece el más absoluto repudio social y la intervención de la Justicia. Porque cuando alguien es capaz de disfrutar el dolor y la muerte de un ser indefenso, lo que está en juego no es solamente la vida de un animal: es el tipo de sociedad que estamos dispuestos a tolerar.
Que esto no se olvide. Que no se minimice. Que nunca se normalice.
La violencia no puede ser entretenimiento. La crueldad no puede quedar impune.