Dios estoy viendo la jugada maestra:
Disuelve cortes el lunes, convoca elecciones y vuelve a llevar el decreto de vivienda para que lo apruebe la Diputación Permanente:
Mayorías: izquierdas 35, derechas 34
Todo finiquitado, te meas en el sistema y a votar 🫣
Tacha el bulo. Sal a votar.
Vienen semanas de frases para que te quedes en casa: «no han hecho nada», «todos son iguales», «total, da igual».
Las vamos a contestar con datos. Con fuente y con sus límites. (Hilo 🧶)
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Esto acaba de pasar en Vallecas. Iñigo saca a los jugadores del vestuario para que vean las caras de felicidad de la gente del barrio. Imágenes de
Ester Juaranz @ondamadrid
Qué maravilla!!
Una tragedia el accidente en Adamuz
Y un buen momento para centrarse en lo importante y no caer en provocaciones
NO respondan a estos trols
NO los alimenten
NO respondan, solo Vlock
Aíslen el odio, sin respuesta no son nada
Ahora vamos a unir la linea de puntos entre las infames declaraciones del CEO de Ribera Salud del Hospital de Torrejón y que no se produjesen derivaciones a hospitales privados (salvo que contasen con seguro medico) de los fallecidos en las residencias durante el Covid
#7.291
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“¿Hay que movilizar al ejército?”, pregunta, y te lo imaginas con la voz esa que usa para anunciar ovnis, mientras más de 3.000 militares llevan desplegados desde hace días.
Es como entrar en un quirófano, ver a tres cirujanos con las manos dentro de tu abdomen, y gritar: “¡Que alguien que llame a un médico, por Dios!”.
Solo que aquí el quirófano arde y tú te llevas los aplausos por descubrir el fuego.
Esto tiene que ser un broma. El PP dice que el Gobierno ha subido 97 impuestos y para demostrarlo pone una lista delirante con 30 supuestas subidas fiscales.
Vamos a analizar algunas de las falacias que contiene ese listado:
https://t.co/4FUyJotrgp
“Da igual quién gobierne, son todos iguales”
No, no da igual. Así es cómo ha evolucionado la renta mediana disponible del 10% más pobre de nuestra sociedad 👇🏼
2008–2017: -22%
2017–2022: +43%
Se puede gobernar para los privilegiados o se puede gobernar para la mayoría.
La mayoría de la gente no es consciente de lo peligroso que es compartir el DNI sin marca de agua.
Por eso hemos creado Saferlayer, una herramienta gratuita para proteger tus documentos y evitar estafas.
Enlace a la app y explicación más detallada a continuación 👇
🛑 **¡Atención!** 🛑
Más de 100 camiones de alcantarillado estamos en la espera de que el Gobierno de #Valencia nos dé luz verde para empezar a trabajar.
El martes, el GOBIERNO VALENCIANO y la empresa #TRAGSA NOS PROMETIERON que gestionarían la situación, pero hoy no tenemos respuestas. Estamos confundidos y preocupados, ya que todas las empresas que debíamos estar trabajando en esta catástrofe hemos hecho un gran desembolso: alquiler de pisos, contratación de personal, etc.
No sabemos que clase de ESTRATEGIA ESTAN SIGUIENDO LOS POLÍTICOS, a este paso la NAVIDAD DE LOS PUEBLOS DE VALENCIA ESTARÁ EMBARRADA Y TRISTE.
Cualquier persona de este país ante una situación así le daría prioridad a la limpieza URGENTE DE TODO EL ALCANTARILLADO
Esto NO es serio. Necesitamos claridad y respuestas. ¿Qué está pasando realmente? ¡Exigimos una solución ya! 🚨
#mazón
#SusanaCamarero
#Paiporta
#CarlosMazón
Cuando gobernaba el Botanic y se produjo una DANA grave en 2019, el Cecopi se activó 48 horas antes, la UME el día anterior, se reforzó un 12 % el personal de las salas de atención del 112 y se suspendieron las clases de manera preventiva para 20.000 alumnos.
Menos mal que en Valencia luego cambiamos al PP porque gestionan mejor, eh??? 👏👏👏
https://t.co/k3NJzh5zhR
1- Veo mucho desconocimiento sobre si una Comunidad Autónoma puede gestionar una catástrofe así. Claro que puede. Al declarar el nivel 2 de emergencia, la Comunidad pasa a disponer de los efectivos del Estado que necesite (Policías, GC, bomberos, UME…)
Lo explico en este HILO🧵