🔴 #TurnoAM | Alberto Mayol (@AlbertoMayol), sociólogo, sobre la solicitud de “paciencia” de la Ministra de Seguridad, Trinidad Steinert: “No [es inteligente pedir paciencia], porque lo que ofrecieron no fue eso (...) Obviamente no sirve ese discurso. Y lo saben perfectamente. (...) Los políticos, con todos sus defectos, tienen súper claros los marcos semánticos. Por lo tanto, si tú no sabes hablar tienes un problema en la política”.
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🔴 #TurnoAM | Alberto Mayol (@albertomayol), sociólogo, sobre el polémico y borrado tuit del Ministerio de Seguridad tras el operativo en Temucuicui con 5 detenidos: “Es un operativo exitoso y después se ensucia porque lo conviertes en rencilla para burlarte de alguien que está fuera del sistema político (...) Esto es una estupidez porque te debilita, porque después aparece la institucionalidad diciéndote 'esto no lo puede hacer'”.
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LA DEMOCRACIA IMPERFECTA
De la ignorancia al cosplay parlamentario.
Hubo un tiempo —lejano y casi mitológico— en que ingresar al Congreso implicaba cierta gravedad republicana. No bastaba con gritar, posar o convertirse en meme ambulante. Existía, al menos, el pudor intelectual de aparentar preparación. Hoy, en cambio, la política parece un casting permanente entre un reality show decadente y una convención de personajes extraviados de internet.
La democracia contemporánea no atraviesa una crisis menor. Está internada en la UCI, conectada a ventilación mecánica y con familiares discutiendo afuera si vale la pena reanimarla. Y no, el problema no es sólo ideológico. No se trata simplemente de izquierda o derecha. El deterioro es más profundo: es cognitivo.
Durante años se habló de corrupción, populismo o polarización. Pero existe algo todavía más corrosivo: la instalación de la estupidez como virtud electoral. El político ya no necesita conocimientos, lectura, coherencia o siquiera una sintaxis mínimamente funcional. Basta con viralizarse. La democracia dejó de premiar la preparación y comenzó a recompensar el espectáculo.
Así llegamos a un Congreso donde un diputado se creía Sheriff, otra parlamentaria apareció disfrazada de carabinera, otra corría como Naruto por los pasillos legislativos creyendo quizás que la República era una Comic-Con financiada por el Estado. Y ahora, como si la sátira hubiese renunciado por exceso de competencia, aparece Javier Olivares envuelto en una capa prusiana y lentes oscuros, evocando una estética pinochetista de utilería barata, mezcla entre villano de teleserie noventera y general de cotillón patriótico.
La escena habría sido considerada humor absurdo hace veinte años. Hoy ocurre en el Congreso Nacional. Y lo más inquietante no es que suceda, sino que ya casi no sorprende.
La democracia moderna parece haber confundido representación con animación de eventos. Los partidos políticos ya no buscan estadistas; buscan rostros reconocibles para electores fatigados intelectualmente. El criterio de selección dejó de ser la capacidad y pasó a ser la recordación de marca. Haber insultado fuerte en televisión vale más que leer un libro. Haber participado en un panel gritándose con otros analfabetos emocionales suma más votos que cualquier formación académica.
El resultado es devastador: personas que no saben construir una idea compleja administrando estructuras complejas. Individuos incapaces de hilar una frase ocupando cargos donde deberían discutirse leyes, presupuestos o políticas públicas. La democracia, concebida originalmente como un sistema de deliberación racional, terminó convertida en una plataforma de amplificación para egos histéricos y mediocridades televisivas.
Lo más grave es que ya ni siquiera existe vergüenza. Antes, la ignorancia procuraba esconderse. Hoy desfila orgullosa. La incompetencia se volvió identitaria. El político precario no busca elevar el debate; busca arrastrarlo al barro porque allí se siente intelectualmente cómodo. Y mientras más vulgar, más “auténtico” parece ante una ciudadanía agotada, rabiosa y cada vez menos exigente.
En columnas anteriores ya observábamos cómo el pensamiento binario domina la conversación pública, cómo la emocionalidad reemplazó al razonamiento y cómo la política se transformó en una pichanga amateur donde nadie conoce la estrategia, pero todos quieren figurar frente a la cámara. El problema es que ya no hablamos de metáforas humorísticas. Hablamos del poder real.
Porque cuando la democracia deja de seleccionar a los mejores y comienza a premiar a los más estridentes, entra en fase de decadencia institucional. Y eso exactamente está ocurriendo.
La tragedia no es sólo tener malos políticos. La tragedia es acostumbrarse a ellos. Normalizar el ridículo. Reírnos un rato de la capa prusiana, del cosplay parlamentario o del diputado hiperventilado de cristal, mientras lentamente se degrada la seriedad de las instituciones. @MisColumnas
@AdidasChile que pasa con los nuevos productos??? No han subido nada a la página de lo que está en tendencia, compraba todos los meses pero ahora no hay nada… Para el día de la madre se perdieron mi platita. Además no traen las colecciones completas puras sobras!!
🔴 #TurnoEnVivo | Francisco Vidal sobre el "imposible" comunicacional de la vocería de Gobierno: “No hay vocero o vocera que resista la siguiente pregunta: (...) ¿Por qué usted simultáneamente rebaja el gasto público en 6.000 millones de dólares, traspasa a la gente 560 millones de dólares mensuales para que se consuma la crisis de Irán, y junto a eso le rebaja al 2% de las empresas 2.000 millones de dólares? Yo creo que ni un Premio Nobel de vocería es capaz”.
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La que más criticó, más habló, vociferó con palabras de un nivel de ordinariez máxima, dice que el ESCUPITAJO que le cae en su cara es algo que no se lo merece?
😝😝😝😝
El Karma siempre llega