Nadie nos enseña a vaciar la casa de nuestros padres o abuelos.
Ese álbum de fotos, la vajilla que sólo usaban en Navidad, el abrigo que aún huele a ellos. Enciclopedias tiradas al lado de un contenedor.
No es solo ordenar: es despedirse.
Y a veces, eso pesa más que una mudanza
Hacer del exámen MIR/EIR un evento con pancartas, confetis y demás parafernalia me parece el culmen de la vergüenza ajena semejante a como cuando un gitano vuelve de erasmus.
Es tal escándalo.
Es tan vergonzoso.
Un tío que no sabe ni donde trabajo, ni que hace el centro que dirige, ni con quien trabaja.
Si tuviera dignidad dimitía. Y si Sánchez fuera decente pedía perdón por el enchufismo más chusco de la democracia.
Vean vean.
Hace unos días falleció una chica de un cáncer terminal.
Sus palabras me marcaron: “hace un año me estaba planteando millones de planes que obviamente ya no van a suceder. No voy a tener pareja, no voy a casarme, no voy a tener hijos, no voy a estar ahí”