Siempre hablo del libro "Autoestima del Venezolano" porque ha sido un libro que me ha impactado siempre por su certeza y por el estudio completo que hace del venezolano.
Barroso en el libro no trata la envidia como un “defecto pintoresco” del venezolano. La ve como un síntoma de autoestima dañada.
Cuando una persona no tiene un sentido claro de quién es, de lo que vale y de lo que puede construir, el éxito o el bienestar del otro se siente como una amenaza. No como inspiración.
Y todo parte de la familia, no de la política.
Según él, muchos venezolanos crecen en hogares “destriangulados” o lo que se llama disfuncionales: padre ausente o emocionalmente ausente, madre sobrecargada, poca comunicación real. Eso produce abandono, inseguridad y la sensación de no estar bien ubicado en el mundo.
Quien crece así no desarrolla bien el “yo valgo y el otro también vale”.
La envidia nace de la comparación, no de la escasez
No es solo “no tengo”.
Es: “el otro tiene o logra algo y eso me recuerda lo que yo no soy o no pude ser”.
Por eso puede aparecer tanto en quien vive en un barrio como en quien vive en una urbanización. Barroso insiste en que la marginalidad no es solo económica: es vivir al margen de uno mismo.
El otro deja de ser persona y se vuelve rival o amenaza en lugar
de buscar el contacto (reconocer al otro, hablar, cooperar), aparece: el descalificar, ironizar, esperar que le vaya mal, “bajárselo” y no celebrar su logro.
Eso, para él, es envidia mezclada con resentimiento.
Se disfraza de humor, de “ser vivo” o de crítica. Barroso describe una cultura donde se puede ser amable por fuera y agresivo por dentro. El chiste hiriente, el comentario que humilla o el “tú no eres nadie” cumplen una función: proteger una autoestima frágil sin tener que mirarse a uno mismo.
La envidia se vuelve social cuando esto se repite en la familia, la escuela, el trabajo y las instituciones y deja de ser un asunto personal y se convierte en un clima: de desconfianza,complicidad para que nada funcione del todo, rechazo a quien destaca, dificultad para construir juntos.
De ahí su frase más conocida sobre Venezuela como “país de cómplices”: mucha gente ve el daño, pero no se pone del lado del otro ni de una regla común.
No es odio ideológico primero, es herida relacional.
El libro es de 1991, así que no está pensando en chavismo vs. oposición. Está pensando en un patrón más viejo: maltrato, abandono, machismo, falta de arraigo y poca capacidad de valorar al diferente.
El odio político, según esta lectura, puede montarse después sobre esa base.
Para Barroso, la envidia entre venezolanos no es “somos malos”. Es: no nos sentimos suficientes, entonces el valor del otro duele.
La salida que propone no es “odiar menos”, sino reconstruir autoestima: escucharse, armar vínculos reales, respetar al otro y dejar de vivir desde el abandono y la desvalorización.
Todo debemos leer ese libro, pero principalmente los que tienen problema para gestionar sus carencias y traumas.
Hola sabes que son estos?
Mi nona llego a Venezuela con su maleta y mi papa en 1939 y oficialmente se instalo la primera fabrica de dulces registrada en el país.
Nuestra tradición dulcera data desde esa fecha.
Hemos vendido muy poco de nuestro chocolate en Venezuela. Lo fabricamos aquí, en el Táchira, Por extraño que parezca, muy dificil venderlo aqui, por lo que nos toca sacarlo del pais.
Lamentablemente, la cuna del mejor cacao del mundo prefiere consumir barras de chocolate importadas de Turquía o China; las mismas que se ven en tiendas como Traki. Así de simple.
En el Táchira, de cada 15 barras de chocolate que se consumen, 14 provienen del contrabando colombiano, y precisamente de la oferta de menor calidad de ese país. Resulta imposible competir en un mercado tan desleal que premia e impulsa el contrabando.
Es comprensible que estas barras importadas sean más económicas que el chocolate venezolano. Lo que muchos ignoran es que en esos países utilizan proporciones mínimas de cacao —o ninguna— y las sustituyen por un exceso de aditivos químicos. El empaque y la presentación resultan deslumbrantes, pero el contenido deja muchísimo que desear.
No se puede comparar un Ferrari con un Aveo. Tenlo por seguro: hasta el chocolate venezolano más modesto es mil veces superior a esas opciones. ¿Realmente prefieres consumir azúcar y grasa antes que auténtico cacao venezolano?
Si estuviera en mis manos, por estrictas razones de control sanitario y calidad, no permitiría la entrada de esos productos a la cuna del mejor cacao del mundo. Así de claro.