En la reunión de profesores de Geografía de cara a la selectividad, un compañero ha dicho, con gesto de grave indignación, que aumentar la dificultad del examen solo conseguiría "discriminar" a los alumnos "con más dificultades" frente a aquellos que tienen "capacidades innatas". Fíjense en la podredumbre intelectual y moral que nos rodea. Fíjense en cómo el mérito y el esfuerzo se diluyen y se arrinconan en un sistema cada vez más dirigido a fomentar la mediocridad o, directamente, la burricie.
Según parece, exigir más ya no significa estimular al alumno para que estudie, se esfuerce y trate de superarse a sí mismo. Exigir supone cometer una injusticia contra él. Cualquier forma de excelencia es considerada sospechosa, cuanto menos, y etiquetada como "cualidad innata", heredada y aristocrática, como si al alumno que obtiene buenos resultados estos le cayeran del cielo y no fueran consecuencia directa de su trabajo.
En todas las ocasiones en que he asistido a estas reuniones, siempre he salido de ellas profundamente apesadumbrado. Cada año resulta más difícil librarse de la impresión de que en el sistema educativo actual los malos profesores no son la exepción, sino el producto deseado.