La empresa de inteligencia Artificial Anthropic compró, escaneó y destruyó más de 2 millones de libros para entrenar a su IA, en lo que llamó secretamente Proyecto Panamá.
El capitalismo destruye hasta el conocimiento por las ganancias, muchos de esos libros eran obras antiguas y únicas, no tenían más copias, libros que sobrevivieron al fascismo, a guerras mundiales, a incendios, a terremotos... fueron destruidos lomo por lomo por la avaricia y el control de las empresas de inteligencia artificial.
Anthropic contrató al antiguo jefe de Google Books para poder obtener "todos los libros del mundo" y controlar la información, mientras destruyen los libros en nombre del "progreso"... algo que recuerda a la famosa novela de Fahrenheit 451, donde los libros se quemaban para controlar el pensamiento.
Banco Itaú deberá devolver herencia de 107 millones de pesos que matrimonio dejó a sus hijos. Cuando preguntaron dijeron no podían entregar la información que pedían.
Pasó tiempo sin movimiento y la plata pasó a los Cuerpos de Bomberos como dispone la ley
🔴 Cuando un ministro minimiza una tragedia
Cerca de la medianoche, mientras la Región de Coquimbo enfrentaba una de las peores emergencias de los últimos años, con personas fallecidas, desaparecidas y miles de damnificados, el ministro Poduje calificó como "alarmistas" y "destemplados" los llamados de alerta sobre la gravedad de la situación.
Un ministro no habla solo a los medios. Habla a todo un país. Habla a quienes dudan si evacuar, a quienes esperan instrucciones, a quienes buscan desesperadamente a un familiar. Cada palabra tiene consecuencias.
¿Qué pensó la persona que aún no decidía abandonar su hogar al escuchar que se estaba exagerando? ¿Qué sintieron las familias que ya sabían que había personas desaparecidas mientras desde el Gobierno se relativizaba la emergencia?
En una catástrofe, la primera obligación de una autoridad es proteger a la población. La prudencia nunca sobra; minimizar el riesgo sí puede tener costos irreparables.
Ayer no era el momento para ganar una discusión política ni para desacreditar advertencias del diputado Manouchehri. Era el momento de escuchar a las autoridades locales, informar con responsabilidad y actuar con humildad frente a una tragedia.
Las familias de quienes fallecieron, de quienes siguen desaparecidos y de los miles de damnificados merecen una disculpa pública. Y cuando una autoridad comete un error de esta magnitud, también debe asumir la responsabilidad política que corresponde.
Porque en una emergencia, las palabras de un ministro no son una opinión más. Pueden marcar la diferencia entre la prevención y la tragedia.
This is a statue of the only man in Troy who saw the trap. He tried to warn everyone, and this is what the gods did to him because of it...
His name was Laocoön, a Trojan priest. When the Greek army vanished and left a giant wooden horse outside the city gates, all of Troy celebrated. Only Laocoön refused to believe it. He warned his people the horse was a trick and, to prove it was hollow, hurled his spear into its side.
In Virgil's telling, he spoke a line that has outlasted almost everything else about Troy: "I fear the Greeks, even when they bring gifts."
He was right. The horse was packed with soldiers, and Troy was hours from destruction.
This sculpture shows what he got for it. Two enormous sea serpents rise out of the sea and coil around him and his young sons, dragging all three down together. The father's whole body is knotted in the struggle, every muscle straining, his face locked in a scream. The gods wanted Troy to fall, and Laocoön was in the way.
The Trojans watched him die in agony and drew exactly the wrong conclusion: they decided the gods were punishing him for attacking a holy gift. So they pulled the horse inside their own walls, and that night, Troy burned...
The statue is called Laocoön and His Sons. It is the work of three Greek sculptors from the island of Rhodes, Agesander, Athenodoros, and Polydorus, and dates to the Hellenistic period, making it well over two thousand years old.
Buried for more than a thousand years, it was dug out of a Roman vineyard in 1506, and Michelangelo rushed across Rome to see it the day it was found.
It has been called the single greatest depiction of human suffering in the history of art, but it endures because of what it is really about: the man who sees the truth, says it out loud, and is destroyed for being right while the crowd watches...
It is one of the oldest patterns there is, and it has never stopped repeating.
There is nothing new under the sun.
UNA HISTORIA EN 6 ACTOS.
1º Insisten en que el país está en crisis y necesita una reforma.
2º Bajan impuestos a las grandes corporaciones.
3º Endeudan al país con el FMI.
4º Se prestan ellos mismos ese dinero en créditos blandos de muy largo plazo.
5º Impulsan privatizaciones.
6º Con los préstamos del punto 4º, compran las empresas privatizadas en el punto 5º.
Fin.
Esta historia ya la vivimos…y después se preguntan porque hay concentración de la riqueza.
Se llama “Saqueo al estado” por los mismos de siempre.
Lo hicieron, Larroulet, Büchi, Yurazseck, Ponce Lerou, Piñera y varios más en los ochenta. Esto está en el libro de María Olivia Mönckeberg: El Saqueo de los grupos económicos al estado chileno.
La diferencia es que antes fue en dictadura, hoy…les dieron el voto.
Esto está tras la reforma.
EL DILEMA DEL CRECIMIENTO
Para hablar de crecimiento económico, se requiere mucho más que ideología. Esta semana, el FMI pronosticó para el actual gobierno apenas un 1,8% de crecimiento, los mismos que criticaron al gobierno anterior por crecer un 2,5% el año 2025 y un 2,8% el 2024. Y ese 1.8% podría incluso ser menor aún con políticas mal diseñadas y un plan erróneo y carente de sustento técnico serio.
La economía tiene una mala costumbre: castiga los eslóganes y premia los datos. Sin embargo, cada cierto tiempo el debate político insiste en ignorar esa regla elemental. Basta con que aparezca una cifra de crecimiento para que surja el coro de siempre: “en los años noventa Chile crecía al 7% y hoy apenas supera el 2,5%”. La comparación suena contundente, pero económicamente es tan impropia como comparar el crecimiento de un niño de un año con el de un adulto.
En 1990, Chile era una economía de apenas 34.000 millones de dólares. El PIB per cápita rondaba los 2.500 dólares y el país recién recuperaba la democracia. Partíamos desde una base extraordinariamente baja. En ese contexto, abrir la economía, atraer inversión y expandir exportaciones generaba un efecto multiplicador enorme. No porque existiera una fórmula mágica, sino porque los rendimientos iniciales eran naturalmente elevados y la situación de partida era extremadamente baja.
Una década después, el año 2000, el PIB alcanzaba 77.000 millones de dólares y el ingreso per cápita bordeaba los USD 5.000. Fue la convergencia propia de una economía que comenzaba a integrarse plenamente al mundo.
Treinta y cinco años después, la realidad es otra. Chile produce cerca de 360.000 millones de dólares al año y el PIB per cápita se aproxima a los USD 20.000. Hoy, un crecimiento de 2,5% ocurre sobre una economía once veces mayor que la de 1990. Mientras el PIB se expandió cerca de un 1.100%, la población aumentó alrededor de un 50%.
Quienes comparan ambas épocas omiten un principio básico: las economías maduras crecen a tasas menores que aquellas que recién comienzan su convergencia. No es resignación; es evidencia empírica.
La propia OCDE creció, en promedio, un 1,7% durante 2025, muy por debajo de Chile. ¿Debemos conformarnos?, por supuesto que no. Significa que el diagnóstico debe hacerse con parámetros comparables y no mediante analogías históricas descontextualizadas.
El verdadero problema chileno no es cuánto crecemos, sino cómo crecemos.
Seguimos siendo una economía extractiva. Exportamos cobre, litio, celulosa, fruta y salmón con escaso procesamiento industrial. Mientras esa estructura no cambie, el crecimiento seguirá dependiendo de los precios internacionales y tendrá un techo difícil de romper.
El desafío no consiste en extraer más cobre, sino por ejemplo, en fabricar cables. No basta con exportar litio; debemos producir baterías, componentes tecnológicos y conocimiento. El desarrollo aparece cuando aumenta el valor agregado.
También es un error comparar a Chile con otras economías latinoamericanas como por ejemplo la peruana, usando sólo la tasa de crecimiento. Perú posee un PIB per cápita cercano a 6.700 dólares, similar al que Chile tenía hace unos 25 años. Son etapas distintas de desarrollo.
Todos queremos que Chile crezca más. Pero ese objetivo no se alcanza con nostalgia ni con comparaciones atemporales. Se logra con estabilidad institucional, inversión, productividad y una política decidida de investigación, desarrollo e innovación que transforme recursos naturales en productos de alto valor.
Seguir exportando cobre para importar cables, sería como vender uvas para comprar vino elaborado, difícilmente puede llamarse estrategia de desarrollo.
Por eso sorprende escuchar al senador Matías Walker comparar el crecimiento actual con el de hace 36 años, como si la economía chilena fuera la misma. No lo es. La historia económica tiene etapas, y entenderlas es el primer requisito para debatir con seriedad.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA SENADORA VANESSA KAISER.
Senadora @vanessakaiser22
Hay errores que nacen de la ignorancia y otros que brotan de la conveniencia. Los primeros pueden corregirse estudiando; los segundos sólo cambian cuando la honestidad intelectual derrota al interés político. Su afirmación de que el estallido social del 18 de octubre de 2019 constituyó un golpe de Estado parece oscilar entre ambas categorías.
Las palabras importan. Y cuando quien las pronuncia es una senadora de la República, importan todavía más. Porque el lenguaje no sólo comunica: también construye memoria, moldea la historia y educa —o deseduca— a una sociedad.
Un golpe de Estado no es una metáfora. Tampoco una opinión. Es un concepto político y jurídico bastante preciso. Consiste en la toma ilegal del poder mediante la fuerza, con el propósito de destituir al gobierno y sustituir el orden constitucional. Supone el control efectivo de las instituciones del Estado, la captura de los poderes públicos, la subordinación de las Fuerzas Armadas o de parte de ellas y el reemplazo de la autoridad legítimamente constituida.
Eso ocurrió en Chile el 11 de septiembre de 1973.
Ese día los militares bombardearon el palacio presidencial, derrocaron al Presidente de la República, disolvieron el Congreso Nacional, suspendieron la Constitución, proscribieron partidos políticos, censuraron la prensa y establecieron una dictadura que se prolongó durante diecisiete años. Una dictadura reconocida internacionalmente por miles de violaciones a los derechos humanos: ejecuciones, desapariciones forzadas, torturas, exilios y crímenes de lesa humanidad.
Eso, senadora, fue un golpe de Estado.
El 18 de octubre de 2019 ocurrió otra cosa. Hubo una explosión social de enorme magnitud, acompañada de actos delictuales, incendios, saqueos y violencia que deben ser condenados sin ambigüedad. También hubo millones de ciudadanos que salieron a las calles para expresar un profundo malestar frente a abusos, desigualdades y una sensación de abandono acumulada durante décadas.
Podrá discutirse si aquella movilización fue espontánea, parcialmente organizada, aprovechada por grupos violentistas o instrumentalizada por determinados sectores políticos. Ese debate es legítimo. Lo que no resiste análisis serio es convertir esa crisis en un golpe de Estado simplemente porque resulta útil para una determinada narrativa.
Porque durante esos días el Presidente siguió ejerciendo el mando. El Congreso continuó legislando. La Corte Suprema mantuvo sus funciones. Ninguna rama del Estado fue reemplazada. Ninguna junta asumió el poder. Ninguna Constitución fue abolida. Ningún gobierno cayó producto de una insurrección triunfante.
Si todo episodio de violencia social pasa a llamarse golpe de Estado, entonces las palabras dejan de tener significado. Y cuando el lenguaje pierde precisión, la verdad termina convertida en rehén de la propaganda.
Resulta especialmente llamativo que esa banalización provenga de alguien cuya familia ha reivindicado reiteradamente aspectos del régimen nacido precisamente de un verdadero golpe de Estado. Pareciera que la historia sólo merece exactitud cuando favorece determinadas convicciones y elasticidad cuando las incomoda.
No es una cuestión ideológica. Es una cuestión de rigor.
Confundir una revuelta social —por grave y violenta que haya sido— con un golpe de Estado, equivale a confundir una tormenta con un terremoto porque ambas producen daños. El resultado puede parecer similar para quien sólo observa los escombros, pero sus causas, naturaleza y consecuencias son radicalmente distintas.
La democracia necesita debates intensos. Lo que no necesita es que quienes tienen la responsabilidad de legislar deformen deliberadamente los conceptos fundamentales de la ciencia política para acomodarlos al relato del momento.
Porque cuando todo es un golpe de Estado, al final nada lo es. Y ese día habremos perdido algo más importante que una discusión semántica.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA AL DIPUTADO
Johannes Kaiser. @Jou_Kaiser
Señor Kaiser
Diputado.
He escuchado con atención su reciente anuncio de impulsar un proyecto de ley para reducir las dotaciones del Estado, argumento que sustenta señalando que hace doce años el sector público contaba con cerca de 500.000 trabajadores y hoy bordea el millón. La frase suena contundente, casi escandalosa.
El problema es que, como suele ocurrir con los relatos apresurados, omite datos elementales sin los cuales cualquier conclusión se transforma en un ejercicio de brutal ignorancia estadística.
Los países no son fotografías estáticas. Son organismos dinámicos. En los últimos doce años Chile no ha permanecido inmóvil. La población ha aumentado en torno a 3,6 millones de personas, lo que equivale aproximadamente a incorporar un nuevo país del tamaño de Uruguay dentro de nuestras fronteras. De ese aumento, cerca del 70% corresponde a personas en edad laboral, producto tanto del crecimiento demográfico como de la inmigración reciente.
En otras palabras, mientras la población crece, la fuerza de trabajo también lo hace. Pretender que el Estado mantenga exactamente la misma dotación de hace doce años sería tan absurdo como exigir que un hospital atienda el doble de pacientes con la misma cantidad de médicos.
Pero el problema de su argumento no termina allí.
Hoy, considerando todas las instituciones —municipios, salud, educación, Fuerzas Armadas, policías, Poder Judicial, Congreso y administración central— el empleo público en Chile representa apenas el 9,5% de la fuerza laboral. Es una de las tasas más bajas del mundo. El promedio de la OCDE supera el 18%.
Si su tesis fuese correcta, deberíamos concluir algo bastante curioso: que prácticamente todos los países desarrollados del planeta viven atrapados en un Estado hipertrofiado… y que Chile, con una dotación que equivale proporcionalmente a la mitad de ellos, sería una suerte de excepción virtuosa. Sin embargo, lo que muestran los estudios comparados es exactamente lo contrario: Chile presenta una subdotación estructural en varios servicios públicos, especialmente en salud, seguridad y gestión territorial.
Reducir dotaciones bajo ese contexto no es eficiencia; es amputación administrativa.
Su razonamiento sobre la deuda pública tampoco ayuda demasiado. Chile mantiene una deuda cercana al 41% del PIB, nivel que organismos internacionales consideran moderado para una economía emergente. El promedio de los países desarrollados supera el 80%, Estados Unidos ronda el 120% y Japón se acerca al 200%. Incluso el déficit fiscal chileno —entre 2,8% y 3,5% del PIB— se ubica por debajo del promedio de la OCDE, que bordea el 4,5% al 5%.
Hablar de crisis fiscal con esas cifras es como declarar emergencia hídrica en medio de un diluvio.
Pero quizá el punto más revelador de su planteamiento es otro: asumir que la dotación estatal de hace doce años era la correcta. Esa premisa, diputado, revela un problema conceptual profundo. Los Estados no se dimensionan mirando el pasado, sino observando las necesidades presentes y futuras de una sociedad que crece, envejece, recibe migración y demanda más servicios públicos.
Creer que Chile puede administrarse con el aparato estatal de hace una década no es una tesis económica. Es, nuevamente ignorancia estadística.
La política pública exige algo más que consignas libertarias y calculadoras ideológicas. Exige comprender datos, comparar realidades internacionales y, sobre todo, distinguir entre un argumento técnico y una ocurrencia de sobremesa.
Si su proyecto busca mejorar la eficiencia del Estado, la discusión es otra. Pero si pretende sostenerse sobre cifras incompletas y diagnósticos superficiales, corre el riesgo de convertirse en lo que ya parece ser: un ejercicio de aritmética política donde los números se usan más para impresionar que para entender la realidad.
Y cuando eso ocurre, diputado, el problema ya no es el tamaño del Estado. Es el tamaño del error.
@MisColumnas
"El esclavo negro doméstico ama a su amo, quiere vivir cerca de él, pagaría 3 veces el valor de una casa para vivir cerca de su amo, solo para luego jactarse de ser el único negro que vive allí".
Malcolm X, sobre la mentalidad de esclavo que agradece a su amo las migajas a costa del sufrimiento de la mayoría, hasta el punto de creerse que es del mismo bando del amo y querer civir como él.
Como decia Frantz Fanon, "Una mente colonizada luchará con más fuerza para proteger la imagen del amo que para recuperar su propia dignidad".
@el_elegido@visionpaischile@grok Pero la utopista debió cerrar esa pista a penas se dio cuenta y no hacer como si nada hasta que se habían afectado muchos vehículos.
@sebastian3999@visionpaischile La autopista es responsable de su correcto funcionamiento, lo que incluye vías despejadas y señalizar peligros y desvíos.
LA GENERACIÓN QUE NO DEJÓ DE AMAR A LOS HIJOS.
(2ª Parte)
Existe una explicación cómoda para la caída de la natalidad: los jóvenes serían más individualistas, menos comprometidos y excesivamente preocupados por su bienestar personal. Según esta tesis, simplemente dejaron de querer formar familias. Sin embargo, los datos muestran una realidad mucho más compleja.
Lo que ocurre no es una renuncia masiva a la maternidad y la paternidad. Es la consecuencia lógica de un entorno económico y social que ha elevado los costos de criar hijos y reducido las condiciones mínimas de estabilidad para hacerlo.
Durante gran parte de la historia, las personas tuvieron hijos en condiciones materiales mucho más difíciles que las actuales. La diferencia es que existían mayores niveles de certidumbre. Un empleo podía durar décadas, la vivienda era relativamente accesible y las redes familiares proporcionaban apoyo cotidiano. Hoy ocurre exactamente lo contrario.
Las nuevas generaciones enfrentan mercados laborales más flexibles, pero también más precarios. Los contratos temporales, los ingresos variables y la incertidumbre económica dificultan cualquier planificación de largo plazo. Tener un hijo ya no representa únicamente una decisión afectiva; se ha transformado en una compleja evaluación financiera.
La vivienda constituye quizás el mejor ejemplo de esta transformación. En numerosos países, incluido Chile, el precio de las propiedades ha crecido mucho más rápido que los salarios. El resultado es que millones de jóvenes postergan la independencia económica o destinan una parte excesiva de sus ingresos al arriendo. Formar una familia en esas condiciones se vuelve extraordinariamente difícil.
A ello se suma un problema menos visible: la escasez de tiempo. Las jornadas laborales extensas, los largos desplazamientos urbanos y la creciente exigencia profesional han convertido el tiempo en un recurso tan escaso como el dinero. Criar hijos requiere ambos.
Existe además un cambio cultural que suele interpretarse erróneamente. No se trata simplemente de egoísmo. Las generaciones actuales crecieron en una sociedad que enfatiza la realización personal, la educación continua, el desarrollo profesional y la salud mental. Muchos jóvenes buscan alcanzar cierto equilibrio emocional y económico antes de asumir responsabilidades parentales.
También aparece un factor relativamente nuevo: la incertidumbre sobre el futuro.
El cambio climático, las crisis económicas recurrentes, la inseguridad y la aceleración tecnológica han generado una percepción de riesgo que influye en decisiones que antes parecían naturales.
Las consecuencias trascienden la esfera individual. Una natalidad persistentemente baja modifica profundamente la estructura de una sociedad. Disminuye la población en edad de trabajar, aumenta la proporción de adultos mayores, tensiona los sistemas previsionales y de salud y reduce el dinamismo económico.
La experiencia internacional demuestra que revertir estas tendencias es extremadamente difícil. Una vez que la fecundidad cae bajo ciertos niveles, los cambios culturales y económicos adquieren una fuerte inercia.
Por eso, la discusión suele partir de un diagnóstico equivocado. El problema no es que los jóvenes hayan dejado de querer hijos. El problema es que cada vez menos personas consideran razonable tenerlos bajo las condiciones actuales.
La verdadera pregunta no es por qué los jóvenes no están formando familias. La pregunta es por qué nuestras sociedades se han vuelto tan costosas, exigentes e inciertas que incluso la decisión más natural de la especie humana comienza a percibirse como un riesgo.
Y esa diferencia no es semántica. Es la distancia entre culpar a una generación y comprender un fenómeno estructural que definirá buena parte del futuro económico y social del siglo XXI.
@MisColumnas