Hoy es la final de Eurovisión, el Eurovisión menos Eurovisión desde que soy Eurofan. Un Eurovisión que ya no es ni la sombra de ese festival del que me enamoré cuando era un niño. Un Eurovisión que ya no me hace disfrutar de la música, del show, de nada de lo que lo rodea.
“Las mujeres lo hacemos todo por dinero... menos el pr0stituirn0s y ser vientres de alquiler, eso lo hacemos porque queremos”
— Henar Álvarez destroza al machista, repugnante y misógino David Maman Benchimol... Juez de Violencia de Género
¡DÍSELO, REINA! 💜👑
▶️ #AlCieloConEllA y hasta el infinito y más allÁ!
Con 12 años tener esto en tus manos era un privilegio y hoy sé por qué a nivel psicológico es tan importante 👇
Para nuestra generación, el formato físico era un ancla identitaria en una etapa donde todavía estábamos construyendo quiénes éramos. No descargábamos experiencias: las comprábamos, las abríamos, las
tocábamos e incluso las olíamos. El ritual importaba tanto como el contenido.
Primero estaba la espera. Ahorrar, ir a la tienda, mirar la portada mil veces antes de tenerlo. Esa anticipación fortalecía la capacidad de postergar la gratificación. Psicológicamente, eso nos hizo asociar que deseo → esfuerzo → recompensa. Hoy el acceso inmediato diluye ese proceso.
Después estaba el objeto en sí. La caja, el manual y el cartucho. Elementos físicos que activaban nuestra memoria. La identidad no se formaba solo en la narrativa del juego, sino en la experiencia corporal asociada: dónde estabas cuando lo abriste, quién te acompañaba y cómo te sentías.
El intercambio de cartuchos, las quedadas para conectar consolas y los rumores del patio del colegio. El formato físico facilitaba la comunidad.
A nivel de personalidad, estos objetos ayudaban a consolidar coherencia narrativa. “Yo soy el que tiene tal juego”, “yo elegí a este Pokémon”, “yo completé la Pokédex”. Eran micro-historias que alimentaban la autoimagen. El objeto físico actuaba como recordatorio constante de logros, elecciones y afinidades.
Además, el límite material generaba profundidad. Tenías ese juego, no mil. Lo explorabas hasta el fondo. Eso fomentaba perseverancia, tolerancia a la frustración y el apego. En la era del scroll infinito, el vínculo es más superficial; antes había compromiso.
El formato físico también funcionaba como marcador generacional. Era un símbolo cultural compartido. Mirar hoy esa caja no es solo recordar el juego; es recordar una etapa vital, un contexto tecnológico y una versión más simple del mundo.
No se trata de romantizar el pasado. Se trata de entender que la materialidad estructuraba la experiencia. Nos daba límites, rituales, pertenencia y una narrativa más estable del yo.
There is something so SO profoundly wrong about one of the fittest, most dominant athletes of all time advertising weight-loss drugs during one of the most watched events on earth. Bleak doesn’t even cover it. What a crying shame.