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Un hombre ordenando sus cosas en el desván, encuentra un recibo de unos zapatos que mandó a arreglar hace 14 años y que nunca retiró.
Y se pregunta:
-¿Será que todavía existe esta zapatería y aún me tienen esos zapatos?
Al dia siguiente llega y sorprendido ve que la zapatería aún existe, le pasa el recibo al zapatero y este dice:
-Ay cabrón!, este recibo si que está viejo,déjame a ver si están, pero lo dudo mucho.
El encargado se dirige a la trastienda y pasa 15 minutos, media hora, una hora, dos horas y de pronto sale todo mugriento, y le dice:
-¡ Pues mire joven, hoy es su día!...
Si Que Tienes Suerte!
-Los encontré... pero van a estar listos pal' jueves
En 2007, una madre de Jacksonville, Florida, EE. UU., fotografió a su hijo de once meses en la playa. Tenía el puño cerrado, la mandíbula tensa y la expresión de alguien que acababa de conseguir algo importante.
En realidad, estaba a punto de comerse un puñado de arena.
Subió la foto a internet y se olvidó de ella. Dos años después, se había convertido en una de las imágenes más reconocibles de toda la red. Un bebé con el puño cerrado y una mirada de pura determinación. Dos palabras debajo.
El niño del éxito.
Fue utilizado por el equipo presidencial de Barack Obama. Apareció en vallas publicitarias por todo el Reino Unido. Coca-Cola obtuvo la licencia para su uso. Millones de personas lo usaban a diario para celebrar pequeñas victorias.
Nadie sabía el nombre del niño. Nadie sabía qué estaba pasando en casa.
Antes de que Sammy Griner naciera, a su padre, Justin, le diagnosticaron una enfermedad renal. Para cuando Sammy tuvo edad suficiente para comprender lo que sucedía, su padre pasaba cuatro horas al día, tres días a la semana, en diálisis. Seis años de tratamiento. La madre de Justin ya había fallecido a causa de la misma enfermedad. La familia necesitaba un trasplante y dinero para la medicación posterior.
Su madre, al principio, se mostró reacia a usar la fama de su hijo para pedir ayuda. Quería que la recaudación de fondos girara en torno a su marido, no a un meme. Pero luego cambió de opinión.
En cinco días, trescientas personas habían donado. Pocos días después, la historia se difundió por internet y el total superó los cien mil dólares.
Llegó la llamada. Había un riñón disponible. El trasplante fue un éxito.
Cuando le dijeron a Sammy que su padre tenía un riñón nuevo, rompió a llorar.
La fotografía que empezó como una broma sobre comer arena le salvó la vida a su padre.
Cuando MacKenzie Scott salió de su divorcio con Jeff Bezos en 2019, recibió una participación en Amazon valorada entonces en unos 36.000 millones de dólares.
El mundo esperaba lo de siempre.
Que desapareciera en una vida de lujo.
Que creara una gran fundación con su nombre grabado en edificios.
O que construyera su propio imperio mediático.
Pero hizo algo completamente distinto.
Empezó a regalar el dinero.
No con grandes eventos ni campañas de imagen. Sin galas, sin placas con su nombre en letras doradas, sin discursos interminables. Su equipo comenzó a investigar organizaciones pequeñas que hacían un trabajo extraordinario pero sobrevivían siempre al límite.
Un banco de alimentos que llevaba décadas ayudando a su comunidad.
Un hospital rural con equipos antiguos.
Un programa que ayudaba a personas que habían salido de prisión a encontrar trabajo.
Cuando encontraban una organización así, llegaba un mensaje inesperado.
“Hemos observado su trabajo. Creemos en lo que hacen. Queremos ayudar.”
Y después, algo aún más inesperado.
Millones de dólares.
Sin condiciones.
Sin restricciones.
Sin decirles exactamente en qué debían gastarlo.
Muchos directores de esas organizaciones contaron después que cuando recibieron la noticia ni siquiera podían hablar. Algunos tuvieron que parar la reunión porque estaban llorando.
Los efectos fueron inmediatos.
Hospitales infantiles pudieron ampliar sus servicios de salud mental.
Universidades históricamente olvidadas recibieron financiación transformadora.
Bancos de alimentos que vivían siempre al límite pudieron por fin responder a todas las familias que llegaban a pedir ayuda.
Luego llegó el año 2020.
Mientras gran parte del mundo atravesaba una crisis enorme, MacKenzie Scott aceleró aún más el ritmo de sus donaciones. Miles de millones de dólares llegaron a refugios para víctimas de violencia doméstica, organizaciones comunitarias y programas que sostenían a las personas cuando todo parecía venirse abajo.
Lo más curioso es que ni siquiera organizaba ruedas de prensa.
Publicaba textos sencillos explicando quién había recibido dinero y por qué. Nada más.
Y aun así, había algo todavía más sorprendente.
Incluso después de donar más de 26.000 millones de dólares, su fortuna siguió creciendo durante años. El valor de sus acciones subía tan rápido que, por momentos, parecía casi imposible desprenderse del dinero al ritmo que ella quería.
Era como intentar vaciar un océano con un cubo.
Pero siguió haciéndolo.
Año tras año, organizaciones que nunca habían imaginado recibir apoyo de una gran fortuna empezaron a transformar sus comunidades: pequeñas universidades que pudieron ofrecer becas, refugios que se convirtieron en centros comunitarios, programas que ayudaban a refugiados a empezar una nueva vida.
Miles de vidas cambiaron.
Y muchas de esas personas ni siquiera saben quién es MacKenzie Scott.
Mientras otros multimillonarios construyen cohetes o levantan monumentos con su nombre, ella eligió algo mucho más silencioso.
Mirar una fortuna inimaginable…
y hacerse una sola pregunta:
¿Quién necesita esto más que yo?
Y después, simplemente entregarlo.
Nunca quise hijos.
Tengo 41 años.
Vida tranquila.
Trabajo estable.
Tiempo para mí.
Salía con Laura desde hacía un año.
Ella sí tenía un hijo.
Tomás.
8 años.
Al principio mantuve distancia.
Era amable.
Respetuoso.
Pero lejano.
No quería encariñarme.
Si la relación fallaba… dolería menos.
Tomás intentaba acercarse.
—¿Quieres ver cómo dibujo?
—¿Jugamos un rato?
—¿Vienes a mi partido?
Yo siempre tenía una excusa.
Trabajo.
Cansancio.
“Después”.
Una noche Laura recibió una llamada.
Accidente de tránsito.
Grave.
Hospital.
Cirugía.
Urgente.
Tomás y yo nos quedamos solos en la sala de espera.
Silencio largo.
Hasta que me tomó la mano.
—¿Mi mamá se va a morir?
Sentí algo romperse por dentro.
—No —le dije—. Estoy aquí contigo.
Fueron horas eternas.
Máquinas sonando.
Pasos rápidos.
Miradas vacías.
Laura sobrevivió.
Pero la recuperación fue lenta.
Meses.
Yo empecé a encargarme de todo.
Desayunos.
Tareas.
Uniformes.
Cuentos antes de dormir.
Sin darme cuenta, dejé de ser “el novio de mamá”.
Un domingo, en un acto del colegio, dijeron:
—Que pasen los padres.
Tomás me miró.
Dudó.
Luego me agarró fuerte la mano.
—Ven, papá.
No corregí nada.
No expliqué nada.
Solo caminé con él.
A veces la gente pregunta si quiero tener hijos “de verdad”.
Yo siempre sonrío.
Porque entendí algo que nadie me enseñó:
La paternidad no empieza en la sangre.
Empieza en el momento en que alguien pequeño
confía en que no lo vas a soltar.
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Un hombre puede dormir 4 horas, levantarse a las 6, estar endeudado, solo y cansado…
y aun así seguir creyendo que un día todo va a salir bien.
A eso se le llama ser hombre.
La Pasión de Cristo:
“Mel Gibson le advirtió a Jim que el personaje sería muy difícil y que de aceptar, podría ser marginado en Hollywood.
Caviezel pidió un día para pensarlo y su respuesta fue:
“Creo que tenemos que hacerlo, aunque sea difícil”.
Y algo más, mis iniciales son J. C. y tengo 33 años.
“No me había dado cuenta hasta ahora”.
Mel respondió con un sincero:
- “Me estás asustando”.
Durante el rodaje, Jim Caviezel (interpretando a Jesús) perdió 45 libras, fue alcanzado por un rayo, accidentalmente azotado con un látigo dos veces, dejando una cicatriz de 14 pulgadas, se dislocó el hombro y sufrió de neumonía e hipotermia por estar colgando casi desnudo en una cruz durante varias horas afuera.
Su cuerpo estaba tan estresado y agotado por interpretar el papel que tuvo que someterse a 2 cirugías a corazón abierto después de la producción.
La escena de la crucifixión por sí sola tomó 5 semanas de los 2 meses de filmación.
- “No quiero que la gente me vea a mí.
Solo quiero que vean a Jesús.
A través de eso las conversiones ocurrirán”.
Casi como un anuncio muchas cosas extrañas pasaron, Pedro Sarubbi que interpretaba a Barrabás, al representar esa parte sintió que no fue Caviezel el que lo miró sino el propio Jesucristo.
-“Sus ojos no tenían odio ni resentimiento conmigo, solo misericordia y amor”.
Luca Lionello el artista que interpretó a Judas, era un declarado ateo antes de comenzar el rodaje.
Al terminar se convirtió, confesó y bautizó a sus hijos.
Uno de los jefes técnicos que era musulmán también se convirtió al cristianismo.
Algunos productores aseguraban haber visto a unas personas vestidas de blanco dando consejos, que al terminar las grabaciones no volvieron a aparecer.
La Pasión de Cristo es la película con clasificación R más taquillera en los Estados Unidos de todos los tiempos, con $370.8 millones.
En todo el mundo recaudó $611 millones.
Más importante aún, llegó a muchas almas de todo el mundo.
Mel Gibson pagó $30 millones de su propio bolsillo por la producción porque ningún estudio se haría cargo del proyecto.
Jim Caviezel proclama con orgullo su fe en Cristo en medio de la impiedad de Hollywood.
Personas como él que darán un paso adelante para hacer lo que quizás no suene “divertido”, pero que transmite la Palabra de Dios y la historia de su salvación para la humanidad”.