La decepción tiene un poder que pocos admiten: ayuda a soltar. Duele y confunde, pero también aclara. Cuando entiendes que no eres valorado como mereces, algo cambia: dejas de insistir. No es que desaparezca el cariño; desaparece la ilusión.
Y con eso, empiezas a elegir paz.
Mis amigas hoy, preguntándome cómo estuvo mi domingo y yo: Bien, tranqui. Me enfermé del estómago, me intoxiqué, me caí y raspé la rodilla y me llegó el periodo, pero tranqui. JAJAJAJAJAJA