Es insufrible cómo los adultos cedemos antes los prejuicios. Por ejemplo, ¿por qué no volver a jugar a la mancha como cuando éramos niños? ¿Por qué no saltar en la rayuela hasta llegar al Cielo? ¿Quién nos prohíbe que juguemos a la payanca?
Los descendientes de Graham Bell en su fuero íntimo deben de estar persuadidos de que por cada comunicación telefónica debería corresponderle una comisión.