Don Rudiger yo siempre he dicho que si me necesitan estoy dispuesta a ayudar a quien gane, el que sea, porque el país nos necesita a todos. Pero no le aceptaría un ministerio a ninguno de los dos porque no comparto sus propuestas para el país.
Qué alivio. Muchas gracias por tu aclaración y la gentileza de tus palabras. Sé que defendemos lo mismo, y me honra saber que compartimos la misma trinchera. Te mando un fuerte abrazo y nuevamente gracias por tu mensaje.
Soy de centro, que es una forma de pensar, que es tener unas ideas propias y de aquí y de allá porque lo que importa son las ideas y no su orilla política. Soy de centro que es una forma de pensar, de sentir, que es una forma de ser.
Por eso no me gustan los actuales candidatos.
Nada consume más energía que luchar contra una realidad que ya existe.
Aceptarla no es rendirse.
Es recuperar fuerzas para cambiar lo que sí depende de ti.
Mi columna de hoy en @eltiempo, Campanas, empieza así: "No se oye ni se ve, porque el país anda reducido a estas elecciones delirantes, pero están asediando, callando, matando periodistas".
https://t.co/bCR2YcWm1A
Tengo a millones de personas de multitud de países distintos rezándome para que su selección gane el Mundial. ¿Qué hago? ¿Por número de oraciones? ¿Por sorteo? ¿Envío ya el meteorito?
Qué desgaste de campaña. Mientras Cepeda y De la Espriella se reducen a llamarse "bandidos" y a sembrar pánico institucional, el país real sigue buscando soluciones para el empleo, la seguridad y la educación. Los extremos solo ofrecen trincheras; el centro ofrece sensatez. 🌿
La presidencia del Consejo de Seguridad no es resultado de una elección, obedece a un estricto y automático criterio de rotación basado en el orden alfabético: rota cada mes entre los 15 miembros del Consejo de Seguridad (permanentes y no permanentes) y se hace, insisto, por orden alfabético. Entonces a menos de que su gobierno haya sido el que le puso la C a Colombia, el verbo “hicimos”, en esa conjugación particular, sobra.
Para @petrogustavo Cepeda tiene que ganar esta elección.
Es más importante para él, incluso, que para el mismo Cepeda.
Si Cepeda pierde no le pasa nada.
Pero Petro sabe que varios asesores y miembros de su familia, y quizá hasta él mismo, terminarán en la cárcel.
Por eso él está desesperado, y hará hasta lo imposible para que no gane Abelardo.
Ahí está el peligro.
Si la izquierda colombiana hubiera tenido su oportunidad en uno de estos dos señores, habría gobernado 30 años el país. Pero eligieron a uno de sus peores líderes, llevado de todos sus trastornos psicológicos, y el país les va a cobrar eso.
Aceptemos, por un momento, que todo lo que dicen de Abelardo es cierto.
Que es el abogado de la mafia. Que tiene relaciones con paramilitares. Que defendió personas cuestionables. Que, además, mató un gato. Aceptemos todo. Sin matices. Sin beneficios de la duda.
Y ahora aceptemos también, por un momento, que todo lo que se dice de Cepeda es verdad.
Que justifica o minimiza el reclutamiento y la violación de 18.600 niños por parte de las FARC. Que está dispuesto a negociar con quienes cometieron esos crímenes. Que es ateo. Que defiende el aborto y celebró la decisión de la Corte sobre la despenalización. Que admira a Chávez, Fidel Castro, Santrich e Iván Márquez. Que tiene fotografías con ellos. Que durante décadas ha sido el mediador y defensor político de la guerrilla. Que su padre fue cercano a Tirofijo. Que reivindica consignas revolucionarias y que representa la continuidad del gobierno Petro, con todo lo que muchos consideran sus errores, escándalos y corrupción.
Supongamos que ambas caricaturas fueran ciertas.
Entonces la pregunta no sería cuál de los dos es perfecto.
La pregunta sería otra:
Entre esas dos oscuridades, ¿cuál te parece más clara?
Porque las elecciones no consisten en escoger entre ángeles y demonios.
Consisten en decidir, entre las alternativas reales que existen, cuál representa un menor riesgo para el país y cuál se acerca más a la Colombia que quieres dejarles a tus hijos.
El antiplan de desarrollo
(cosas que no van a pasar)
1. Aeropuerto internacional en la alta Guajira construido por el ejército.
2. Tren elevado de Buenaventura a Barranquilla.
3. 50 nuevas universidades públicas en zonas rurales (como si la educación superior fuera infraestructura).
4. Una gran hidroeléctrica en López de Micay (cuestionada desde hace décadas por sus impactos ambientales).
5. Producción de hidrógeno verde en el Charco, Nariño.
6. Un sistema de información puesto en funcionamiento en seis meses que reemplazará las EPS.
7. 15 millones de turistas internacionales que reemplazarán la producción interna de petróleo, pero vendrán a Colombia en aviones propulsados por petróleo (la confusión entre oferta y demanda).
8. Tres millones de hectáreas (inversión de 60 billones) compradas en cuatro años para entregar a campesinos.
9. Juntas de Acción Comunal encargadas de llevar fibra óptica a buena parte del país.
10. Un gran parque eólico en La Guajira administrado por las comunidades indígenas.
11. Etc. Etc.
Es increíble que la campaña termine en manos de las encuestas, de las redes sociales, de las fake news y como si fuera poco en el juego de decisiones judiciales...
Antonio Caballero no era un columnista sino un profeta:
PETRO: TEORÍA Y PRÁCTICA.
Por Antonio Caballero, Antonio Caballero
19 de mayo de 2018
Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo –o el que a mí más me atrae– aunque no el más serio: es un programa para cuarenta años de gobierno, y lo único que han tenido de bueno los gobiernos en Colombia es que por lo general han durado poco tiempo. Los más largos –el de Santos, el de Uribe, o el de Núñez por interpuestas personas en el siglo XIX– han sido más dañinos. Lo que no me gusta de Petro es su manera de ser. Petro es Petro. Y eso es lo malo que tiene Petro, un político megalómano que de sí mismo habla en una admirativa y mayestática tercera persona.
Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra de su destrucción y a la especie humana de su extinción. Sus iniciativas de gobierno, que no eran populistas, como dicen, sino simplemente demagógicas: el arbitrario cierre de la plaza de toros bajo pretextos caricaturescos de “lucha de estratos” entre ricos y pobres; la compra de los inservibles camiones de basuras de segunda mano sin licitación ni consulta. Casi no lo conozco personalmente, pese a haber tenido durante tres años bajo su alcaldía un programa de televisión en Canal Capital; pero sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista. Reclamándose del pueblo, por supuesto, como es lo propio de los demagogos.
Fue, eso sí, un gran parlamentario, que hizo en el Senado magníficos debates de denuncia y de control político. Sabe hablar. Por eso es también el más hábil y el mejor de los candidatos en los debates televisados, tanto en las respuestas como en las propuestas. Pero es que encarnadas en su persona no creo en esas propuestas: no me parece que Gustavo Petro sea una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona, aunque se haya engalanado –de raponazo– con el indecente autoelogio de proclamar que sus candidatos al Congreso representan “la decencia”. No le creo ni “el amor” de que tanto habla. Ni “el saber” que pretende transmitir. Ni “la humanidad” que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado. Petro no inspira confianza.
Lo hizo mártir el procurador Ordóñez al destituirlo arbitrariamente de la alcaldía: un fanático a cuya elección por el Congreso él mismo había contribuido persuadiendo a sus colegas del Polo de que votar por tan conspicuo representante de la extrema derecha demostraba que el Polo no era de izquierda. Y en su caso personal es cierto que no lo era: aunque se pretenda de izquierda, Petro tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el “cesarismo democrático” que inventó un intelectual lagarto en Venezuela para justificar la larga tiranía de Juan Vicente Gómez, y que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en nombre, por supuesto, del pueblo. Y así lo confirma su anunciada convocatoria de una Asamblea Constituyente si gana las elecciones. Como las que han convocado todos los aspirantes a dictadores que ha tenido Colombia: Bolívar, Mosquera, Núñez, Reyes, Gómez, Rojas. Porque Petro gusta de equipararse con los mártires: en sus discursos del balcón de la alcaldía se comparaba con Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán; y ahora clama en las plazas: “Todo candidato que no es de la clase política tradicional ha sido asesinado. No hay excepciones”. Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica “dialéctica de la yuca” copia su propia “dialéctica del aguacate”.
Me sucede a mí con Petro lo mismo que le pasaba hace un siglo largo a don Miguel Antonio Caro, que lo resumía así: “De los liberales me apartan las ideas. Y de los conservadores las personas”.
Primero escondieron a Francia Márquez mientras ejercía la Vicepresidencia. Ahora esconden a la fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda.
Curioso que quienes hablan de representación y liderazgo femenino parezcan tan incómodos con mostrar a las mujeres cuando llega la hora de buscar el poder o de gobernar.
Por cierto, ¿Francia por quién votará?