Mi vecino murió hace cuatro meses.
Yo tengo 36. Él tenía casi 70.
Vivía solo.
Sin hijos.
Sin visitas.
Solo hablábamos cuando coincidíamos en la entrada.
—Si un día no me ves, preocúpate —me dijo una vez riendo.
Una mañana llegó la ambulancia.
Se lo llevaron.
No volvió.
Semanas después tocaron mi puerta.
Era un abogado.
—Usted aparece en el testamento.
Pensé que era un error.
No éramos amigos.
Apenas conocidos.
Fui a la lectura.
Me dejó algo simple:
su apartamento.
Sus parientes estaban furiosos.
—Se aprovechó de un viejo solo —decían.
Yo ni siquiera sabía que estaba enfermo.
Acepté igual.
Cuando entré por primera vez, todo estaba ordenado.
Limpio.
Silencioso.
Encima de la mesa había un sobre con mi nombre.
Dentro había una nota corta.
“Gracias por saludarme siempre.
Fuiste la única persona que me habló como si todavía existiera.”
Me quedé sentado mucho tiempo.
La gente dice que tuve suerte.
Yo digo que alguien pasó años invisible…
hasta que un simple “buenos días” fue suficiente para recordarle que estaba vivo.
Y ahora cada mañana saludo a todos los vecinos.
Nunca sabes quién está esperando que alguien lo vea.
chicas, por favor, ELIJAN AL AMABLE. El que les trae paz. El protector. El que está seguro de ustedes. El que las respeta. El que entiende su silencio. El que ve su corazón sin juzgar. El que sostiene sus sueños con cuidado.