Uno en este mundo no está para cumplirle los sueños a los hijos; para eso, ellos tienen juventud y la educación que tú les has brindado. En este mundo, estamos para cumplirle los sueños a nuestros padres, sueños que quizás aplazaron para cumplieras los tuyos.
@swiftiereads A mí en junio por primera vez en mi vida desee que menstrúo (excepto cuando estuve embarazada) no me vino el periodo. Y aún no estoy en menopausia. Fue muy raro.
Qué mejor venganza que te tengan rabia y la sola vida te ponga a brillar tanto, que tengan que cerrar los ojos para no encandilarse! ☀️ todo siempre se lo he dejado a Dios.
Qué bonito ver cómo Dios tiene todo orquestado y dirigido para que cumplas un Propósito (sí, con P mayúscula) y que nada, absolutamente nada, es casualidad.
Ha sido tremendamente liberador escribir mi segundo libro, donde esculco la primera parte de mi vida. Allí caí en cuenta que demoré años transitando el duelo por la muerte de mi hermana y que los recursos emocionales que fui aprendiendo para avanzar hoy pueden sanar a otros.
Ve aceptando que no siempre te van a querer como quieres, sino como pueden.
Hay algo profundamente liberador en comprender que las personas solo pueden darte lo que tienen disponible en su interior. No por falta de voluntad, no siempre por falta de interés, sino porque cada quien carga su propia historia, sus propias limitaciones, sus propios miedos enquistados en lugares que ni siquiera conocen. Y es ahí, en ese reconocimiento, donde comienza la madurez emocional: deja de esperar que los demás te entreguen versiones de amor, atención o validación que simplemente no están en su capacidad de dar.
Durante años construimos expectativas sobre cómo deberían querernos. Idealizamos gestos, anticipamos palabras, diseñamos escenarios donde el otro, finalmente, nos ve como necesitamos ser vistos. Pero la vida no funciona así. Las personas llegan con sus propios mapas internos, trazados por experiencias que desconocemos, por heridas que aún no han sanado, por aprendizajes que todavía no han alcanzado. Y cuando su forma de querer no coincide con lo que esperábamos, nos sentimos traicionados, decepcionados, como si hubiera habido un acuerdo tácito que solo existía en nuestra mente.
La verdad incómoda es que nadie firmó ese contrato. Nadie prometió quererte exactamente de la manera en que lo necesitas. Y aunque duela aceptarlo, esa desconexión entre lo que esperamos y lo que recibimos no siempre es negligencia o desamor. A veces es simplemente incompatibilidad de lenguajes emocionales. A veces es que la otra persona está dando todo lo que sabe dar, todo lo que aprendió a dar, y eso, en su mundo, es suficiente. Pero en el tuyo, se siente vacío.
Aceptar esto no significa resignarse a migajas de afecto ni justificar relaciones que genuinamente te descuidan. Significa, más bien, dejar de exigirle a los demás que sean versiones mejoradas de sí mismos solo para satisfacer tus necesidades. Significa entender que si alguien no puede estar presente de la forma en que lo requieres, no es porque no valgas la pena, sino porque sus recursos emocionales están distribuidos de otra manera. Y eso está bien. No todo el mundo está equipado para amar como tú necesitas ser amado. Y no todos están en el mismo punto del camino.
La madurez llega cuando aprendes a distinguir entre las personas que te quieren con limitaciones, pero desde un lugar genuino, y aquellas que simplemente no te quieren en absoluto, pero mantienen la apariencia porque les conviene. En el primer caso, hay espacio para la compasión, para la paciencia, para ajustar expectativas sin perder dignidad. En el segundo, solo hay espacio para la distancia.
Y quizás lo más difícil de todo es aplicarte esa misma comprensión a ti mismo. Aceptar que tú tampoco siempre has podido querer como el otro necesitaba. Que has amado desde tus propias limitaciones, desde tus propios vacíos, desde lo que pudiste en ese momento. Porque todos cargamos con esa fragilidad humana: la incapacidad de ser todo para todos, de amar de forma perfecta, de estar siempre a la altura de las expectativas ajenas. Y si puedes perdonarte eso a ti mismo, entonces podrás perdonárselo también a los demás.
La paz no está en recibir el amor perfecto que imaginaste. Está en soltar la exigencia de que el mundo se ajuste a tu necesidad, y en aprender a valorar lo que sí te están dando, aunque sea diferente. Y cuando eso no sea suficiente, está en tener la claridad para alejarte, no con resentimiento, sino con la tranquilidad de quien entiende que simplemente no era compatible.
#danielhabif
@mariacarolinabl Es tenaz , amiga. Tu sistema nervioso jamás vuelve a ser el de antes. Pero al final, sí sanamos y logramos ser medianamente funcionales.
Una separación después de años de convivencia y con hijos en común es devastadora. Puedes intentar explicarlo a quien no lo ha vivido, pero hasta que no pasas por ahí no alcanzas a comprender el desgaste mental ni la profundidad del dolor que puede llegar a habitarte.
A veces no sucede, pero con frecuencia ocurre que los vínculos construidos con cuidado y afecto durante años se rompen de una forma áspera, sin restos de ternura. Lo que un día fue refugio se vuelve campo de batalla, y aquello que parecía inquebrantable se llena de reproches, distancia y dureza. En medio de ese quiebre, todo cambia de color.
Por eso, cuando alguien es capaz de apartar su propio dolor y poner en el centro el bienestar de sus hijos, lo que necesitan y merecen, eso es profundamente admirable. Somos humanos, sí, y no siempre actuamos de la mejor manera. Pero cuando conseguimos hacerlo bien, lo hacemos de verdad.
Todo en la vida regresa: lo bueno y lo malo, el amor que diste, la forma en que trataste a los demás, las veces que ayudaste sin esperar nada a cambio y la luz que encendiste en las personas.