Hoy celebramos el 100 CUMPLEAÑOS DE #MelBrooks 🥳
Por ello, durante todo el día publicaré videos de uno de los mayores maestros de la comedia que ha existido jamás! ❤️
FELICIDADES Mr. #MelBrooks y gracias por tantas risas!!!
VIDEO #1 👉🏻 Mel siendo Mel... y contando un chiste 😅
-Soy la Muerte.
-¿Vienes a buscarme?
-No, estoy realizando una encuesta para mejorar la calidad del servicio.
-Menos mal, qué susto.
-Si es que os lo creéis todo. Anda, vamos.
Llevo más de cuarenta años profesando una devoción casi mística por las flores de calabacín. Cualquiera que conozca mi cocina pensará, de forma automática, que este idilio nació en alguno de mis viajes a México, cuna indiscutible de las cucúrbita. Sin embargo, mi obsesión no germinó entre milpas ni mercados coloniales, sino mucho más cerca, durante mis años viviendo y trabajando en Francia. Fue concretamente en Bormes-les-Mimosas y los pueblos ribereños de la Costa Azul donde mi mirada de cocinero cambió para siempre. Allí, viendo cómo el sol mediterráneo encendía los huertos provenzales, aprendí a venerar este producto efímero y delicado, y descubrí uno de mis platos favoritos de siempre: la flor de calabacín rellena de brandada de bacalao.
La historia de este milagro gastronómico es fascinante. Aunque el calabacín y sus flores cruzaron el Atlántico desde el Nuevo Mundo tras la conquista española, la planta que consumimos hoy —y el hábito de recolectar sus flores masculinas para la alta cocina— floreció realmente en el siglo XIX gracias a los horticultores del norte de Italia y el sur de Francia. Es un producto de rigurosa temporada estival; su época dorada va de finales de primavera a pleno verano, cuando las mañanas son frescas.
En la receta que hoy les propongo he querido unir mis dos mundos gastronómicos del alma. Es un viaje de ida y vuelta: partiendo de la clásica técnica provenzal, hago un guiño sincero a México añadiendo una salsa borracha y una crema de guacamole donde el cilantro —a veces divisivo— es sustituido con audacia por la albahaca, tendiendo un puente verde hacia el Mediterráneo.
El proceso comienza al alba con la selección de la materia prima. Como cocinero, busco flores turgentes, de pétalos abiertos y un color naranja brillante que atestigüe que acaban de ser cortadas. En el taller, retiro con mimo absoluto el pistilo interno para evitar cualquier amargor, lavándolas de forma casi aérea.
Para el alma del plato, preparo una brandada de bacalao sedosa. Desmigo el bacalao desalado y lo confito a baja temperatura en aceite de oliva virgen extra junto a un diente de ajo. Con el pescado tibio, lo emulsiono pacientemente en el mortero, alternando hilos de ese aceite aromatizado y un chorro de leche tibia hasta obtener una crema blanca, densa y finísima. Con ayuda de una manga pastelera, relleno el corazón de cada flor, cerrando sus pétalos como si guardaran un secreto.
El contrapunto mexicano arranca con la salsa borracha. En un comal bien caliente, tuesto tomates maduros, cebolla, ajo y chiles pasilla. Cuando están tatemados, los martajo en el molcajete integrando un chorro generoso de tequila y un toque de naranja para lograr una salsa ligera, vibrante y con un punto ahumado. Por otro lado, elaboro el guacamole: aplasto la pulpa mantecosa de aguacates maduros con lima y sal, pero esta vez incorporo un puñado de hojas de albahaca fresca finamente picadas. El resultado es una crema untuosa que exhala un perfume provenzal inesperado.
Justo antes de servirlas, sumerjo las flores rellenas en una tempura muy fina, elaborada con agua con gas helada y harina de arroz. Las introduzco en aceite caliente a 180 grados apenas unos segundos. Busco una fritura instantánea, un velo crujiente y translúcido que no disfrace la flor, sino que la proteja y la vuelva etérea.
El montaje es pura arquitectura sensorial. En la base del plato extiendo una lágrima de la salsa ligera borracha, aportando el fondo cálido y la potencia de la tierra. Sobre este lienzo dispongo las flores de calabacín, recién salidas de la sartén, doradas y crujientes. Termino colocando a los lados unos puntos firmes de la crema de guacamole con albahaca, que refrescan el conjunto y aportan cremosidad a cada bocado. Una receta nacida en la Costa Azul, coronada con el alma de México y ejecutada, hoy, para todos ustedes.
#sedcuriosos
Estamos de hospitales y mi padre me ha pedido un caprichito. Me he acordado de Eric Vernacci. Hoy soy yo la estraperlista.
Buenos días, queridos. Hay que mimar a los que tienen mal día o mala racha. Eso es ley
Crackers de boniato con miel de caña
-¿Viene por el puesto de profesor de lengua y literatura para el turno vespertino?
-Vaya, creía que era por la tarde
-Es sinónimo.
-¿Qué pinta aquí el autor del Lazarillo?
-Ya le llamaremos.
-¿Espero fuese?
-¿Fuese?
-Se puede decir fuera o fuese. Le hacía más bulto.
-Culto.
-Eso.
- Precalentar el horno a 200º
- Lavar y cortar los puerros en trozos iguales, aproximadamente dos dedos de alto.
- Mezclar en una sartén: 20g mantequilla, cuchara de miel, cuchara de mostaza, unas gotas de soja y un poquito de vinagre de Jerez.
- Colocar los puerros sobre la salsa y, sin tocarlos, dejarlos hacerse a fuego medio bajo, que se vayan pochando, pero que queden con cuerpo.
- Apartar del fuego, juntar los puerros si se abren mucho y colocar una lámina de hojaldre por encima.
- Cortar el sobrante, punzar con un tenedor y darle una pincelada de huevo batido.
- Meter en el horno y unos 30-40 minutos, que se haga bien el hojaldre, que quede tostado.
- Desmoldar con cuidado en caliente. Poner un plato y voltear como una tortilla.
- Dejar así o ponerle pesto (siguiente tweet) y queso de cabra o similar.
*Lo ideal es hacerlo en una sartén que se pueda meter directamente al horno, pero si no en otra sartén y luego pasar a un molde.
A qué sabe el verano (Entrega VI): El viaje del polo, de la nostalgia del quiosco a nuestra cocina.
Hay días de junio en las que el calor de la casa se vuelve casi insoportable. En plena ola de calor (ayer en la madrugada de Gijón fue tormenta de las buenas), con el termómetro rozando máximos, encender los fuegos se siente casi como un deporte de riesgo. Es en estos días de bochorno cuando buscamos pequeños oasis para refrescarnos y, si cerramos los ojos un segundo, volvemos a la infancia. Volvemos al sonido lejano del camión de helados, a la moneda apretada en el puño sudoroso y a la indecisión eterna ante el cartel de los polos. Para mí, el rey indiscutible de esas tardes de asfalto ardiente siempre fue el Magnum. Esa mezcla perfecta de morder una cobertura crujiente de chocolate negro y descubrir un corazón helado, cremoso y suave.
Hoy, en la sexta entrega de esta bitácora donde nos preguntamos A qué sabe el verano, miro el postre que acabo de desmoldar en la cocina y no puedo evitar sonreír. Lo que tengo sobre la mesa es un semifrío que emula con total humildad, pero con mucho respeto, aquellos polos comerciales que tanto nos salvan la vida en estos días. Lo mejor de todo es que no necesitas herramientas raras para replicarlo en tu casa, solo un poco de paciencia y jugar con los ingredientes.
La historia de este bocado es curiosa porque nació por puro azar en 1905, en una noche gélida de San Francisco. Un niño de once años llamado Frank Epperson olvidó un vaso de agua con refresco en polvo y un palito para mezclar en el porche de su casa. A la mañana siguiente, la mezcla se había congelado alrededor de la madera. Nacía así el polo, un invento humilde basado en el hielo que, décadas más tarde, se transformaría en las creaciones cremosas con chocolate que tanto compramos hoy en los quioscos.
Hacer esta versión casera es divertidísimo porque nos permite viajar por el mundo sin salir de la cocina. Para la base, en lugar de complicarnos, hacemos un guiño al tiramisù italiano. Usamos un bizcocho tierno y lo calamos generosamente con café expreso bien cargado. El amargor del café es el truco perfecto para equilibrar el dulce que viene después.
Para el corazón del polo, preparamos una mousse muy sencilla con queso mascarpone y chocolate blanco. Pero el verdadero secreto veraniego está en el aroma: infusionamos la leche con un buen puñado de hojas de hierbaluisa fresca, que en muchos patios conocemos como cedrón. La hierbaluisa es una planta maravillosa para combatir este junio sofocante. Aporta unas notas cítricas espectaculares que limpian el paladar y le quitan la pesadez al chocolate blanco, logrando un equilibrio fresco que invita a repetir. Un truco de cocina: cuando infusiones la hierbaluisa, no dejes que hierva a borbotones; calienta la leche, apaga el fuego, echa las hojas y tápalo durante quince minutos. Así atrapas todo el aceite esencial sin que se vuelva amarga.
Para el montaje, no te compliques con moldes caros. Cualquier molde de silicona individual o incluso vasos de plástico pequeños te sirven. Ponemos la mousse de mascarpone yhierbaluisa hasta la mitad, hundimos el trozo de bizcocho borracho de café en el centro y terminamos de cubrir. El paso crucial para que te quede idéntico al de la foto es el frío: directo al congelador un mínimo de cuatro horas. Si no está piedra, se romperá al bañarlo.
Para terminar, derretimos chocolate negro con un chorrito de aceite de girasol (el truco infalible para que quede fluido y brillante). Sacamos los semifríos del congelador y, estando congelados, los bañamos por encima. El choque térmico es mágico: el chocolate se endurece en segundos, creando esa capa crujiente que se rompe con el primer golpe de cuchara.
Cocinar en verano es esto. Jugar con los recuerdos, refrescar el cuerpo con trucos sencillos y darnos cuenta de que podemos recrear la magia del quiosco en nuestra propia mesa, de forma casera, humilde y sin pretensiones.
#sedcuriosos
Gracias al Concejal Presidente Distrito Centro Madrid, Carlos Segura Gutiérrez @seguragc y al Presidente @FMA_ajedrez por su presencia en entrega Trofeos Torneo Ajedrez Blitz 5+3 Festival de Deportes Mentales La Didáctica. (ver alt). Gracias a @JMDCentro por su ayuda en evento.
Socios de La Didáctica en el Campeonato de Scrabble de Murcia.
Tras la disputa del Torneo, se confirma el subcampeonato de España en categoría absoluta, tras un reinado de tres temporadas consecutivas y el campeonato en segunda categoría (cuarto consecutivo).
#ladidacticamadrid
Anécdota del día: Una de las mejores películas que hicieron los míticos Estudios Ealing fue "El quinteto de la muerte (The ladykillers)", dirigida por Alexander MacKendrick. Gran parte del rodaje tuvo sus dificultades porque el guionista, el americano William Rose...
10k hoy desde La Caraba hasta el camping La Puerta, un sube y baja majete que según Google Maps es “prácticamente llano”…
Hoy Su Preciosa Majestad ha estrenado la camiseta del equipo. Tengo que decir que el verde le sentaba espectacular…sus ojos verdes oscuros con ese moreno de piel que empieza a coger y el rubio del pelo…simplemente guapísima.
Hoy os quiero enseñar algo de Julia. Es probable que penséis que es una tía difícil, por sus trastornos de conducta y la tendencia a dar hostias que hacen que te estorbe el cielo para dar la vuelta…pero nada más lejos de la realidad.
Si bien hay que preguntar cómo poder abordar a una persona como ella, una vez hecho tenéis una fan para toda la vida. Y digo para toda porque cuando os vuelva a ver estoy seguro que se va a acordar de vosotros. No huyáis, preguntad e incluir. No es difícil, solo os lleva 5 minutos más.
Un besazo, Carla.
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