Fui tan injusta contigo los últimos días que tuvimos juntos. Nunca pensé que te irías, no tan pronto, no de esta manera. Pensé que sería solo una pelea más de hermanos y que semanas después estaríamos hablando, riendo, como si nada hubiese pasado.
Nunca olvidaré tu sonrisa brillante, tus risas alegres y contagiosas, dónde llegabas eras una luz que iluminaba el lugar. Tus ocurrencias. Tu bondad. Te extraño, hermano.
No hay nada más doloroso que saber que te fuiste con temor a morir, y lo peor es saber que moriste lentamente, con enfermedades inexplicables que aparecieron de un día a otro, que se juntaron. No hay explicación de tu muerte, hermano. Siento que la vida fue muy injusta.
Vivimos tantas cosas juntos, tantas aventuras y me enseñaste muchas cosas. Siempre hablábamos de nuestros problemas, conocía tus anhelos y tú los míos como nadie más. Sé que no querías partir de este mundo y que tenías miedo de la muerte.
Cuánto me duele que te hayas ido de este mundo, y que estuvimos peleados. A pesar de pedirte perdón días antes de tu muerte, aún siento culpa por no haber disfrutado los últimos días de tu vida como debía. Perdóname, hermano.