La señorita Prim bebió un sorbo de su té y se acomodó en el sillón de la trastienda. Ella también creía en el valor de las pequeñas cosas. El primer café de la mañana. La luz del sol cuando se filtraba a través de las contraventanas y dibujaba sombras en el piso.
Las cosas en la vida real rara vez son inmediatas. Pasé muchas semanas sin verle, muchas, hasta que un día me levanté y me di cuenta de que en mi vida faltaba algo aparentemente minúsculo que tenía una importancia enorme.
Faltaba aquel café, faltaban las charlas y los paseos, faltaban aquellos agradables encuentros por la tarde. Le parecerá una tontería, pero no sabe usted lo importantes que son las pequeñas cosas cuando una se va haciendo mayor.
- ¿Tulipanes? - preguntó Emma.
- Tulipanes. Frescos y delicados. Tulipanes que nacen cada año y cubren la estepa sin que nadie los plante. Pues de eso exactamente se trata, Prudencia. La rutina es como la estepa; no es ningún monstruo, es un alimento.
Quiere que no exista mar, río o manantial cuyos peces desconozca; que reconozca todas las aves del cielo, todos los árboles, arbustos y frutales, todas las hierbas de la tierra, todos los metales escondidos en los abismos, todas las piedras preciosas de Oriente y Medio Oriente.
- No quiero cansarla, permíteme que le resuma el resto. Del derecho civil, quiere Gargantúa que su hijo aprenda los textos hermosos y los compare con la filosofía. Y respecto a la naturaleza, le enseña que el mundo es una gran escuela.