Católica, Psicóloga/educadora; enamorada de mi esposo, feliz madre de 6 varones, 4 nueras y 7 nietos. Italo-Salvadoreña. Pasta y gatos. Dios centro de mi vida.
Llevo ya un tiempito viviendo acá en El Salvador.
Y hay otra cosa que nadie me había dicho antes de venir.
Algo que definitivamente no está en ningún artículo. En ningún video. En ninguna estadística.
Acá la gente todavía sabe DAR GRACIAS.
No lo digo como frase bonita. Que no!
Lo digo porque lo he visto con mis propios ojos.
En mercados, en buses, en comedores donde el almuerzo cuesta menos de cinco dólares…
La gente DA GRACIAS. De verdad. Con los ojos. Con el tono. Con la forma en que te mira cuando te habla.
Y eso me rompió por dentro.
Porque yo venía de un mundo donde nadie tiene tiempo. Donde todo es urgente. Donde la gente camina mirando el suelo y raramente te mira a los ojos. ASÍ ES.
Donde decir "gracias" se volvió un trámite.
ACÁ no.
Acá alguien te abre una puerta y te lo dice como si fuera un regalo.
Acá una abuela en la tienda te pregunta cómo estás... y espera la respuesta.
Acá un desconocido te ayuda sin pedirte nada a cambio, simplemente porque sí.
Yo antes pensaba que la gratitud era algo que uno practicaba.
Acá entendí que la gratitud es algo que uno es.
Y eso no se aprende en un libro de autoayuda.
No se aprende en un retiro espiritual de $2,000 en Bali.
Se aprende viviendo cerca de personas que, a pesar de todo, todavía eligen la fe sobre el miedo. La alegría sobre la queja. La comunidad sobre el egoísmo.
El Salvador me enseñó algo que yo no sabía que había olvidado:
Que la vida no se agradece cuando todo está bien.
Se agradece en medio de todo.
Y eso… eso es una forma de vivir que el mundo necesita desesperadamente.
Gracias, El Salvador.
Por recordarme lo que importa.
🇸🇻
Desde que llegué a vivir a El Salvador hace aproximadamente un año y medio, he aprendido muchas cosas. Pero hay algo que me ha marcado profundamente: la relación que muchas personas aquí tienen con Dios.
Como extranjero y como alemán nacido en Alemania, crecí en una cultura bastante diferente. En muchos lugares de Europa, especialmente en Alemania, muchas veces el valor de una persona se mide por su profesión, su estatus o su éxito profesional. A menudo parece que alguien “es alguien” solo si tiene un buen trabajo, un título importante o una posición alta.
Acá en El Salvador he sentido algo distinto.
Este país es, como todos sabemos, profundamente católico y lleno de personas que creen en Dios y en Jesucristo. Y durante el tiempo que he vivido aquí, he podido ver que para muchas personas su relación con Dios es algo real, algo cercano, algo que forma parte de su vida diaria.
Y eso me ha tocado el corazón.
También debo admitir algo muy personal: desde que vivo acá , mi propia relación con Dios y con Jesucristo se ha fortalecido muchísimo. Vivir en un lugar donde la fe todavía ocupa un lugar importante en la vida de muchas personas tiene un impacto muy profundo.
Algo que admiro profundamente de muchos salvadoreños es que no parece importar tanto si alguien es doctor, abogado, albañil o si trabaja limpiando casas. Al final del día, todos somos personas, todos somos seres humanos y todos tenemos el mismo valor delante de Dios.
Yo no valgo más que nadie.
Y nadie vale más que otro.
Para mí, muchas personas aquí transmiten algo muy especial: una paz interior, una humildad y una confianza en Dios que a veces es difícil de explicar con palabras… pero que se puede sentir.
Y esas son las personas que más respeto:
las que dejan entrar a Dios en su vida y caminan con Él.
Gracias, El Salvador, por recordarme lo que realmente importa en la vida. 🇸🇻🙏