Voy a aprovechar este Canadá - Bosnia que no le importa a nadie y recomendar 2 apps para ver el mundial gratis y en buena calidad.
Para mi Internet es compartir y entiendo a los que no quieren que se difundan estas cosas por miedo a que las bajen, pero no hay que ser ortiva.
Tremenda reflexión que en Palacio Nacional no se lee.
Los invito a leer, a reflexionar y a opinar de lo que nos comparte @JossVela76 👇🏻
En este país hemos perfeccionado una forma particularmente peligrosa de evasión: el patriotismo como anestesia. No el que construye, no el que exige, sino el que distrae, el que maquilla, el que convierte la tragedia en ruido de fondo mientras coreamos un gol.
Nos desbordamos por noventa minutos. Ahí sí existe la furia, la pasión, la unidad. Ahí sí gritamos hasta desgarrarnos la garganta, reclamamos cada jugada, insultamos, exigimos justicia… por un marcador. Por un espectáculo. Por algo que, en el fondo, no nos exige nada.
Pero cuando la realidad golpea cuando una madre cava la tierra buscando los huesos de su hijo, cuando una familia vive arrodillada ante el crimen, cuando alguien es arrancado de su vida mientras el resto mira hacia otro lado entonces el país entero se vuelve prudente, tibio, silencioso.
Ese silencio no es inocente. Es complicidad.
Nos hemos acostumbrado a coexistir con el horror siempre y cuando no nos toque de cerca. Nos indignamos en privado, pero en lo público administramos la comodidad. Preferimos la ilusión de normalidad antes que el costo de enfrentar la verdad. Y así, poco a poco, fuimos degradando nuestra capacidad de escandalizarnos.
La supuesta solidaridad mexicana es, en muchos casos, una ficción emocional: intensa pero efímera, ruidosa pero superficial. Aparece cuando no incomoda, cuando no implica riesgo, cuando no exige renunciar a nada. Nos gusta sentirnos solidarios, pero no necesariamente serlo cuando implica consecuencias reales.
Y mientras tanto, quienes han permitido por acción, omisión o cálculo que esta tragedia se expanda, operan con una tranquilidad casi insultante. El cinismo no solo existe: gobierna. Y lo hace porque sabe que enfrente hay una sociedad que grita mucho, pero exige poco; que se indigna rápido, pero olvida aún más rápido.
Lo verdaderamente alarmante no es solo la violencia, ni la impunidad, ni el abandono. Es la normalización. Es la capacidad de seguir adelante como si nada. Es haber convertido el dolor ajeno en algo administrable, tolerable, casi cotidiano.
Un país que se acostumbra a eso ya no está en crisis: está en decadencia moral.
México no necesita más catarsis colectivas ni más símbolos vacíos. Necesita una ruptura. Necesita ciudadanos dispuestos a incomodarse, a señalar, a sostener la indignación más allá del momento, a convertirla en presión real.
Porque mientras sigamos gritando por lo irrelevante y callando ante lo insoportable, no somos víctimas solamente, también somos cómplices del problema.