Ya no quiero ser adulta, es más ni siquiera quiero ser humana. Quiero ser una medusa, sin corazón, nada de trabajar, solo flotar en el mar y electrocutar a los que me caen mal.
La carta de Messi sirve para que los conspiranoicos terminen con sus teorías de la final del Mundial. Y para que incluso todos nosotros, los hinchas comunes, terminemos de hacer el duelo también de ese partido (yo no lo volví a ver).
El equipo llegó fundido por las lesiones, por el desgaste y ahora terminamos de saber el detrás de escena que imaginábamos: que Messi, con 39 años, ya no tenía piernas ni fuerzas porque mientras intentaba sacar energía para agarrar la pelota, ir hacia adelante y cargarse en la espalda a 46 millones de argentinos, su papá se moría al otro lado del continente.
Y seguramente, en algún punto, los jugadores, que habrán intentado abstraerse o respaldarlo dentro de la cancha, no pudieron tampoco despegarse del dolor y angustia de su capitán.