En 1944, en plena guerra, un oficial del Ejército Imperial Japonés reunió a soldados en China y empezó a denunciar, en voz alta, las atrocidades que su propio ejército estaba cometiendo. Habló de saqueos, de violaciones, de asesinatos de civiles, de prisioneros usados para practicar ataques con bayoneta. En el Japón de aquellos años, decir eso podía costarte la vida por traición. Aquel oficial tenía una protección que casi nadie más poseía: era el hermano menor del emperador Hirohito.
Se llamaba Takahito, príncipe Mikasa. Entre enero de 1943 y enero de 1944 sirvió como oficial de Estado Mayor en Nankín, dentro del Ejército Expedicionario Japonés en China, usando el nombre en clave "Wakasugi". Allí, un oficial le explicó, sin dramatismo, que una buena forma de endurecer psicológicamente a los reclutas nuevos era hacerles practicar con la bayoneta sobre prisioneros chinos todavía con vida. Mikasa quedó horrorizado. También vio, en una proyección militar, a prisioneros atados a postes mientras los gaseaban y los mataban a tiros. Décadas después lo resumiría así: "Fue una escena verdaderamente horrible que solo puede calificarse de masacre." Conoció además el intento de envenenar con fruta contaminada de cólera a los investigadores de la Comisión Lytton de la Sociedad de Naciones, y llegó a hacer una visita guiada a las instalaciones de la Unidad 731, donde le mostraron películas de experimentos con gas venenoso sobre prisioneros chinos.
No esperó a que Japón perdiera la guerra para hablar. En 1944 escribió un texto durísimo contra la política de agresión de su propio país, en el que señalaba que los saqueos, las violaciones y las matanzas de civiles estaban alimentando el odio hacia Japón en toda China, y cuestionaba abiertamente la narrativa oficial que justificaba la ocupación. Después lo leyó ante soldados japoneses. Años más tarde explicaría por qué se había atrevido: quería, desesperadamente, que la guerra terminara.
Mikasa sabía perfectamente lo excepcional de su posición. Un oficial cualquiera jamás habría podido decir aquello sin acabar fusilado o algo peor. Aun así, el Ejército consideró peligroso lo que había escrito: recogió las copias y las destruyó. Durante cincuenta años, aquel episodio quedó prácticamente enterrado.
En 1994, un profesor de la Universidad de Kobe encontró, por casualidad, una copia superviviente en la biblioteca del Parlamento japonés. El príncipe, que entonces tenía setenta y ocho años, confirmó públicamente que era suyo. Su compromiso con la verdad tampoco terminó con la derrota: el 27 de febrero de 1946 se presentó ante el Consejo Privado y pidió, indirectamente pero sin ambigüedad, que su propio hermano Hirohito asumiera responsabilidad por la catástrofe de la guerra y abandonara el trono. Según el diario de un ministro presente aquel día, el rostro del emperador palideció. No lo consiguió. Hirohito siguió en el trono otros cuarenta y tres años.
Mikasa murió en octubre de 2016, con cien años cumplidos, siendo el último miembro vivo de aquella generación de la familia imperial que había visto la guerra desde dentro.