Ojalá pudiera quererme a mí como un día te quise a ti. Con esa entrega desmedida, con esa pasión que parecía no tener límites, con esa fe ciega en que el amor podía arreglarlo todo. Ojalá pudiera mirar mis propios ojos con la misma ternura con la que solía mirar los tuyos, perdonar mis propios errores con la paciencia con la que intentaba perdonarte los tuyos.
Porque ahora, en este silencio donde ya no estás, he descubierto algo doloroso: nunca aprendí a quererme como te quise a ti.
Te di todo lo que tenía, y más. Me vacié en el proceso, me olvidé de mis propios deseos, de mis propias necesidades, con la esperanza de que, al llenarte a ti, también me llenaría a mí. Pero ahora que te has ido, el vacío que dejaste no es solo por tu ausencia, sino por la falta de amor propio que me quedó después de haberte dado tanto. No te culpo, el problema es mío. Pero no sé cómo hacerlo.
Ojalá pudiera quererme con esa misma devoción, con esa misma intensidad. Ojalá aprendiera a abrazar mis propias heridas en lugar de castigarlas. Ojalá supiera celebrar mis propias victorias en lugar de minimizarlas. Ojalá pudiera mirarme al espejo y ver a alguien digno de todo ese amor que alguna vez te entregué sin reservas.
Porque, si hay algo que me ha enseñado este proceso, es que amar a otro es más fácil que aprender a amarse a uno mismo.
Pero, tal vez, esa es la lección que necesitaba aprender: que, para amar de verdad, primero debo encontrar ese amor dentro de mí. Que nadie puede llenarme si no me lleno yo primero. Y que, ojalá, un día, pueda quererme con la misma fuerza con la que un día te quise a ti.
#danielhabif