Mi padre y yo nunca fuimos cercanos.
Yo tengo 33.
Él 61.
Nunca fue violento.
Nunca fue cruel.
Nunca nos faltó comida.
Pero tampoco hubo abrazos.
Era un hombre de pocas palabras.
Cuando yo era niño intentaba hablarle.
—Papá, mira lo que hice en la escuela.
Él apenas levantaba la vista.
—Está bien.
Eso era todo.
Crecí pensando que no le importaba.
A los 18 me fui de la casa.
A los 22 dejé de llamarlo.
No hubo pelea.
No hubo discusión.
Solo distancia.
Mi mamá siempre decía lo mismo.
—Tu papá pregunta por ti.
Yo no le creía.
Hace tres semanas mi mamá me llamó.
—Tu papá está en el hospital.
Fui más por ella que por él.
Cuando entré a la habitación, él estaba dormido.
Más pequeño.
Más frágil.
Había una bolsa con sus cosas en la silla.
Teléfono.
Billetera.
Un cuaderno viejo.
No sé por qué lo abrí.
Las primeras páginas estaban llenas de números.
Gastos.
Pagos.
Nada interesante.
Pero en la mitad del cuaderno encontré algo extraño.
Fechas.
Debajo de cada fecha había una frase corta.
“Kevin ganó concurso de dibujo.”
“Kevin aprendió a montar bicicleta.”
“Kevin primer día de universidad.”
Mi nombre estaba en casi todas las páginas.
Años enteros.
Cosas que ni yo recordaba.
Mi garganta se cerró.
Justo entonces escuché su voz detrás de mí.
—Pensé que no vendrías.
Levanté la mirada.
Estaba despierto.
No parecía molesto.
Solo cansado.
Señalé el cuaderno.
—¿Por qué escribías esto?
Tardó en responder.
—Porque no soy bueno diciendo cosas.
Ninguno de los dos habló por unos segundos.
Luego dijo algo que no esperaba.
—Pero siempre estuve mirando.
Esa noche entendí algo que nadie te explica cuando creces:
Algunos padres no saben demostrar amor.
No con palabras.
No con abrazos.
Pero eso no significa que no lo hayan sentido todos los días.