Una de las últimas bromas de Borges. Bernés mencionó 𝘓𝘢 𝘮𝘰𝘯𝘦𝘥𝘢 𝘥𝘦 𝘰𝘳𝘰. Borges corrigió: 𝘥𝘦 𝘩𝘪𝘦𝘳𝘳𝘰. Bernés se mostró disgustado por su error. Borges le dijo: «No se contraríe. Usted hizo lo que la alquimia no pudo».
Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue. Estaba contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.
Bernés me refirió que Borges, unos quince días antes de morir, sintió la presencia de la muerte. Habría dicho: «Ha llegado. Está aquí». Le pregunté si la había descripto. Bernés contestó: «Dijo que era algo externo, rígido y frío».
A veces sospecho que Borges era el autor de cuartetas y frases que atribuía a la tradición oral: al callar la autoría, se mostraba ante sí mismo libre de vanidad y lograba más fácilmente la aceptación de la pieza que proponía: nos resistimos a memorizar..
Veo una entrevista de Borges con Antonio Carrizo, por televisión. Me parece estar con Borges vivo. Yo, que no creo en otra vida, pienso que si Borges está en otra vida y yo ahora me pongo a escribir sobre él para los diarios, me preguntará: «𝘛𝘶 𝘲𝘶𝘰𝘲𝘶𝘦?»
Actuamos como si fuéramos inmortales. Quizá no pueda uno vivir de otra manera. Irse a morir a una ciudad lejana tal vez no sea tan inexplicable. Cuando me sentí muy enfermo a veces deseé estar solo: como si la enfermedad y la muerte fueran vergonzosas, algo que se quiere ocultar
En la Confitería del Molino me encontré con
mi hijo Fabián, al que regalé 𝘜𝘯 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰, de Dunne, comprado en el quiosco de Callao y Rivadavia (después de cavilar tanto sobre este encuentro, dar con ese libro me parecía un buen augurio).
Pensé: «Nuestra vida transcurre por corredores entre biombos. Estamos cerca unos de otros, pero incomunicados. Cuando Borges me dijo desde Ginebra que no iba a volver y se le quebró la voz y cortó, ¿cómo no entendí que estaba pensando en su muerte? Nunca la creemos tan cercana.
«Estoy deseando verte», le dije. Con una voz extraña, me contestó: «No voy a volver nunca más». La comunicación se cortó. Silvina me dijo: «Estaba llorando». Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.
Hoy hablé con Borges, que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, llamó el teléfono. Silvina atendió. Pronto comprendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó cuándo volvían; María no contestó a esa pregunta.
Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. «Regular, nomás», respondió.
Borges me dijo: «No estoy nada bien. No sé cómo me irá. Tanto da morir en una parte o en otra». A Fanny le habría dicho: «Ojalá que en este viaje me muera». (Sin embargo, últimamente Borges recordaba el proverbio chino que dice: «No hay hombre tan joven..
Ferrari me dice que está preocupado por la falta absoluta de noticias de Borges. Dice que Fanny también está preocupada. Al rato me confiesa que Fanny le contó que según el nuevo médico Borges está en una clínica, probablemente en Ginebra. El nuevo..