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El semblante del clérigo parece iluminarse brevemente, un rostro conocido es bienvenido a la par que temido.
— He tenido algún que otro incidente. —Se excusó, aunque quizás la prueba de su muleta era suficiente—. Pero me alegra verle. ¿Cómo se encuentra?
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Rezará para que siga así.
¿Los motivos serán los mismos? En el caso del sacerdote, son en su gran mayoría pesadillas lo que le impide descansar.
Ha probado bastantes recetas naturales, pero hay pocas que realmente le sean útiles.
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De momento no tiene taquicardias, así que está salvado (por ahora).
Cortados por el mismo patrón, curioso. Le recomendaría los típicos métodos de relajación y conciliación del sueño, pero no piensa hacerlo con nada que no haya tenido solución en sí mismo. No es un estafador.
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al clérigo alzar el tono, pero tal fue la sorpresa. Carraspeó con tal de intentar arreglar su grito, incluso habló en un susurro:— Soy capaz de caminar por mi cuenta, esto es innecesario.
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— ¿A qué te refieres? —En otra ocasión hubiera dejado que la conversación se perdiera entre silencios y sonrisas complacientes, ahora ansiaba algo que le sacase de su reclusión mental.
Lo que no imaginaba era lo siguiente.
Gabriel era un hombre de treinta años, y
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—He podido estar mejor como ahora.
Ha notado el intento de sutileza ante la cuestión que desde luego no pasa desapercibida, menos ante el aspecto del cura que luce intentando mantenerse en pie como un milagro todopoderoso. Irónico.
—No te voy a preguntar porque ya te veo. +
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verse cogido en brazos por otro fue sorprendente. Distaba de saber de la fuerza de Gang. Al no estar acostumbrado, distaba de saber cómo acomodarse en sus brazos. Todo lo contrario, avergonzado, buscaba una alternativa para bajar.
— ¡Gang! —Pocas veces se escucharía
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Su pobre corazón… A este paso, puede llegar a tener un accidente. El Sacerdote hace días que no ve a su Dios (en sueños), está teniendo bastantes problemas para dormir. Más que antes.
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Siempre tiene problemas para dormir, y la cafeína ya le hace el mismo efecto que el agua. ¿Qué hay del Sacerdote? Creía él que debiera estar ya viendo a Dios (en sueños).
Largo bostezo suelta, estirándose pero haciendo malabares con el 𝘪𝘤𝘦𝘥 𝘢𝘮𝘦𝘳𝘪𝘤𝘢𝘯𝘰 que lleva en diestra para no dejar que se derrame una gota al suelo.
Ha sido su primer día libre en semanas; y, de hecho, al día siguiente tampoco tendrá que trabajar.
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Así es. Una especial. En vez de poner directamente el apoyo en las muñecas, lo pone en todo el antebrazo.
Debe ser el amuleto de la suerte de todos, si desaparece, vuelve el caos.
Intenta reír ante la broma, pero solo sale una pequeña sonrisa, que de poco sincera
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¿Muleta?
Pero cuánto tiempo se ha marchado para que a todo el mundo le falte al menos un hueso o alguna extremidad estropeada.
—Demasiado. Tanto que te has quedado cojo de verme.
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Gabriel era conocido por su afabilidad y cuidado hacia otros, fueran extraños o no, pero desde el incidente su actitud había cambiado. Al momento de sentir hábiles sobre sí, protestó de forma silenciosa: marcando las distancias.
La mirada gritaba lo siento, aún así,
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ᅠㅤㅤㅤAl ver las muletas se acercó rápidamente para evitar que caminara de más, si bien sus golpes se notaban más, podía mantenerse en pie sin hacer mucha fuerza, terminó abrazándolo por la espalda para que no hiciera mucho esfuerzo.ᅠ
ᅠㅤ──────ㅤㅤCreo que
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necesitaba el espacio. Tanto para sentir que tenía algo de estabilidad por su cuenta, como para crear una pequeña barrera entre el resto y él.
El silencio crece y por un segundo parece que será lo único que crezca entre ambos.
— Otro accidente. —dijo, en bajo tono.
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El Sacerdote si que aplaudiría por verle. Pero está demasiado atolondrado por la imagen de Gang —tras ese tiempo— dando palmas.
— Gang. —dijo, acercándose con ayuda de su muleta. Una sonrisa leve pero genuina surca labelos—. Cuánto tiempo.
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¡Dios Santo! El semblante del sacerdote muestra preocupación genuina y, con ello, da un paso hacia ajeno con ayuda de su muleta.
— ¿Qué le ha ocurrido? —Suerte que no le vio cuando aún estaba vendado y en silla de ruedas, pero tampoco estaba para hablar.
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Se ayudó del muro que rodeaba la extensión del Monasterio para caminar hacia su muleta.
— Buenas noches, caballero. —dijo, obligándose a saludar por la cortesía inculcada—. No le había visto.
En ese momento lo mejor que podía ofrecer era una sonrisa torcida.
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En la caminata de vigilia, pequeños demonios se turnaban para sembrar duda y temor en la afligida mente de Gabriel:
⠀⠀culpabilidad,
⠀⠀una huida,
⠀⠀y una extraña sensación que se veía incapaz de poner en palabras, creando una frustración que un mes atrás evadía
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No habían sido creencias, fe que nunca profesaba o tenía, lo que llevó al alemán ante cercanías de aquel monasterio.
Era, más bien, el tener días acumulados ( o semanas ) en pensar observar arte dentro de aquel recinto ——pero, y en mitades de noches, no era aquello lo
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solo, miró a su alrededor. Fue ahí cuando la figura del varón captó toda su atención. El temor y la vergüenza tornaban a abrirse paso, arrasando cada pensamiento racional, pues le era imposible discernir si era uno de sus hermanos u otra pesadilla persiguiéndole.
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