No hace falta ser de Venezuela para ayudar. En momentos así, cualquier aporte suma: donar, difundir o acercar información útil. Aunque parezca mínimo, puede hacer una diferencia. Lo importante es no mirar para otro lado y entender lo difícil que está siendo este momento.
Hay algo raro en las mañanas ocupadas: una parte de mí las detesta porque empiezan demasiado rápido, pero otra las disfruta porque me hacen sentir que el día ya tiene forma. Café apurado, cosas por resolver y una supuesta relación adulta con el tiempo.
Esa persona con la que compartís un idioma propio, cientos de chistes internos y la libertad de mostrarle hasta el detalle más insignificante del día, porque sabés que también va a encontrarle sentido.
Si algo extraño de una relación es tener a esa persona como mi daily chat. Claro que me encanta hablar con mis amigos, pero hay algo irremplazable en encontrar a alguien que sea, al mismo tiempo, tu pareja y tu confidente.
Me gustan las noches frías cuando puedo disfrutarlas desde adentro, con algo caliente cerca y la sensación de que el mundo bajó un poco el volumen. A veces la felicidad es bastante menos ambiciosa de lo que uno pretende.
Me causa gracia lo rápido que puedo convertir cualquier mínima costumbre en parte central de mi personalidad. Una bebida, una canción, un horario raro para hacer algo, una prenda repetida demasiadas veces, y de repente siento que encontré una nueva versión de mí.
Se me está haciendo costumbre quedarme hasta tarde estos días para ver todos los partidos que pueda, convencido de que eso va a mejorar mis aciertos en el prode. Spoiler: no está funcionando. Pero admito que estoy disfrutando demasiado esta vida de analista deportivo improvisado.
Entiendo la belleza del friends to lovers, esa intimidad que se construye sin apuro, pero tengo esta falla: si no intuyo desde el primer intercambio que algo podría suceder, mi cabeza lo archiva demasiado pronto como una amistad, y después ya no sé cómo desordenar ese lugar.
A veces extraño la posibilidad de creer en ese amor profundo, casi inocente, el que no nace como revelación sino como costumbre, como confianza, como una amistad que un día descubre que también era deseo.