A veces la vida se siente como cuando Virginia Woolf escribió: “Estoy abrumada por cosas sobre las que debería haber escrito y nunca he encontrado las palabras adecuadas.”
Las mujeres llevamos toda la vida jugando a jueguitos con personajes masculinos que no son atractivos (algunos feos de cojones) y no nos ponemos a llorar y a patalear como bebés malcriados.
Las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar, pueden simular pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se hace sabio. #MagnificaHumanitas