En “Friends” la reacción del público fue tan fuerte cuando descubrieron que Ross era el padre del bebé de Rachel, que Jennifer Aniston tuvo que calmar a la multitud para que pudieran terminar la escena. 😂
La propuesta de Jim a Pam en la gasolinera fue la escena más cara de toda la serie The Office.
Dura solo 52 segundos y costó 250 mil dólares.
Construyeron una gasolinera falsa, usaron lluvia artificial y contrataron 35 conductores profesionales circulando a alta velocidad.
Dato poco conocido de la salida de Steve Carell de The Office.
En la despedida del aeropuerto no se escucha lo que Pam le dice a Michael.
No era diálogo del guion.
Jenna lo abrazó y le dijo como amiga, todo lo que realmente lo extrañaría.
Lágrimas y abrazos reales.
En Friends, el romance entre Mónica y Chandler no estaba planeado para durar al volver de Londres.
Pero la entusiasta reacción del público durante la grabación convenció a los creadores de desarrollar la relación, lo que nos regaló una de las parejas más queridas de la tv.
"Somos mujeres que sobrevivimos a temporadas de 22 episodios".
La reunión de Jenna Fischer, Mindy Kaling, Angela Kinsey y Ellie Kemper.
Las chicas de The Office. #SAGAwards
Quiero olvidar Friends solo para volver a ver esta escena y llorar de risa como la primera vez que la vi. Es espectacular, top mejores escenas de la historia 😂
Hagamos viral la 𝐩𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧 🩷
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19 de octubre | 𝐃𝐢́𝐚 𝐌𝐮𝐧𝐝𝐢𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐋𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚 𝐞𝐥 𝐂𝐚́𝐧𝐜𝐞𝐫 𝐝𝐞 𝐌𝐚𝐦𝐚 🎀
@nicolasmaggi87@OsvaldoBiagioti Yo pasé el domingo cuando salí de trabajar ahí catamarca y oroño y estaban y me dieron de probar candy de pistacho y vainilla, creo que con una compañera fuimos las primeras en probarlo porque todavía ni habían abierto y nosotros tipo: HOLA?? HAY ALGO GRATIS POR ACÁ?? JAJAJJA
Una mañana, mientras sacaba a pasear a este gran corazón con patas, se detuvo de golpe al pie de un arbusto. Normalmente tira de la correa con entusiasmo para correr, olfatear, explorar. Pero esa vez se quedó quieto. La mirada fija, las orejas erguidas. Y luego, muy lentamente, se acercó.
Tres pequeñas bolitas temblaban bajo las hojas. Flacas. Sucias. Abandonadas.
Apenas tenían unas semanas de vida. Dos naranjitos y un atigrado, todos apretados entre sí, buscando sobrevivir a la noche. No había una madre. Nada. Solo ellos. Frágiles. Solos. En silencio.
Quise recogerlos, meterlos en una caja. Pero él, mi perro, ese gigante a menudo torpe, se tumbó en el suelo, con el hocico pegado a ellos. No gruñó. No se movió. Simplemente se acostó allí, como si supiera que lo único que necesitaban era calor, calma, protección.
Ese día, no tomé yo la decisión.
La tomó él, por mí.
Desde entonces, no se separan de él. Duermen junto a su cuerpo, se esconden entre sus patas, trepan por su espalda como si fuera una montaña suave y viva. Él no dice nada. Los cuida. Les deja morderle las orejas, jugar con su cola, dormirse sobre su pecho.
A veces lo observo. A él, el viejo, el rescatado de un pasado difícil. Ese perro que adopté cuando nadie más lo quería, cuando decían que era “demasiado grande”, “demasiado viejo”, “demasiado complicado”. Y ahora lo veo transformado, convertido en guardián, en punto de referencia, en un papá gigante para una pequeña camada que él mismo salvó.
No son sus cachorros. Ni siquiera son de su especie. Y, aun así, los ama como si fueran suyos. Como si en esos tres seres diminutos y perdidos, hubiera reconocido una parte de sí mismo.
Hoy son una familia.
Un rompecabezas viviente, extraño, improbable, pero perfecto. Un recordatorio de que el amor no tiene forma, ni raza, ni lógica. Solo necesita un corazón lo suficientemente grande para recibirlo.
Y el suyo… desborda.