Veo a mucha gente juzgando con dureza a una mujer porque no supo decir NO a tiempo.
¿Saben una cosa? La mayoría de las personas que conozco tampoco sabe decir NO cuando corresponde. Decir NO sin sentir culpa o vergüenza, poner límites y sostenerlos sin agachar la cabeza es una habilidad que muy pocos desarrollan. Lo veo todos los días y en distintos entornos. La pena los lleva a dorar la píldora.
Un consejo para los padres: enseñen a sus hijos a decir NO desde pequeños, empezando en casa. Es allí donde se aprende que poner límites no es un acto de rebeldía, sino de autoestima y respeto por uno mismo.
Porque, de lo contrario, el día de mañana podrían terminar siendo juzgados públicamente por una carencia que, en realidad, debió haberse trabajado desde la infancia.
21 años tenía María Camila, veintiún años, y un hijo creciendo en su vientre. Después de días desaparecida, la encontraron asesinada, envuelta en sábanas y tirada en un paraje solitario, como si fuera un desecho, como si su vida no hubiera significado nada. ¿Y nosotros? Siguiendo la agenda del día, peleando por política, pasando de un escándalo al otro mientras siguen matando a nuestras mujeres. Hay días en los que el país debería detenerse por completo; deberíamos sentir vergüenza, rabia, impotencia, deberíamos estar exigiendo respuestas, justicia, garantías, pero no, mañana habrá otro tema, otra polémica y otra mujer asesinada. Me niego, me niego a aceptar que la vida de una joven de 21 años y la del hijo que llevaba en su vientre se conviertan en una noticia más, me niego a acostumbrarme a un país que parece haber perdido la capacidad de indignarse. Una desgracia infinita.