Otium sine litteris mors est et hominis vivi sepultura
"El ocio sin la literatura es la muerte y la sepultura del ser humano vivo"
Séneca
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La coerción es una herramienta educativa. No es la única, evidentemente, y ni siquiera está entre las principales, pero su presencia es necesaria para asegurar el éxito de la educación. Sin embargo, la administración, movida por razones de operatividad cortoplacista, está eliminando todos los instrumentos coercitivos de los que diaponemos los profesores: los suspensos no impiden pasar de curso y los castigos deben contar con el beneplácito de los castigados, lo cual, unido a la cada vez menor incidencia de las llamadas a casa para reparar comportamientos incívicos, deriva en una educación hecha al gusto de los alumnos y no en su beneficio.
El desprestigio del sistema público de educación es un hecho. Hasta mis compañeros profesores, y sobre todo aquellos que más palabras gastan en la defensa de "la escuela de todos", se pelean estos días por obtener para sus hijos una plaza en los escasos centros públicos aun no desmantelados por la ruina, cuando no por las plazas en los colegios concertados y privados. Los padres, crecientemente escépticos respecto a la competencia de los profesores (dada la evidente caída de la competencia de sus hijos), suelen resolver los conflictos por medio de una autoridad que niegan porque no la ven, frente a la que se sublevan porque conocen su debilidad. Un sistema público que ha querido venderse como "gratuito", cuando no lo es, y que desprecia la calidad educativa por "elitista", cuando es la principal arma contra la reproducción endogámica de las élites, se merece el público que ha creado: una clientela irresponsable y contestataria.
Hace unos días una madre me dijo, como quien enunciara un principio científico básico, que la repetición de un alumno la deciden los padres "porque son quienes mejor lo conocen". Dentro de poco, si es que no ha ocurrido ya, los enfermos serán los que decidan qué tratamiento le conviene a una úlcera o a un cáncer de próstata "porque son quienes mejor se conocen". Dicen que la mafia aflora en los lugares a los que no llega el Estado. Lo mismo se podría decir de la estupidez y la soberbia de algunos padres: resplandece cuando se apaga la autoridad, cuando la misma autoridad se considera, por parte de los podered públicos, como enemiga del conocimiento.
La coerción, repito, es necesaria. Cada vez veo a más padres que, cuando sus hijos empiezan a llorar, no acuden rápidamente a consolarlos: "Deben expresar sus sentimientos", "No debemos manipular sus emociones"... Dicen, como si la civilización hubiera dejado de ser, en algún punto de este siglo, el encauzamiento de sentimientos y emociones, como si el adulto ya no fuera la consecuencia de una reconducción de los instintos infantiles, que atrapan al hombre en el animal, y su transformación en razón y ética, en cultura y valores, que permiten vivir al hombre en el suelo fructífero de la comunidad.
La coerción, que es el pacto y la ejecución por varios de acciones para contener comportamientos indeseables, debe volver a la educación porque, en el fondo, negar la pertinencia de dichas acciones supone cuestionar la generosidad que las mueve, el profundo amor que inunda su voluntad de consuelo, su inagotable persecución de la felicidad.
Ojalá el problema de mis alumnos fuera que no estudian. Eso tendría una solución muy sencilla: que estudien. Pero el problema va más allá de su voluntad individual y, por tanto, sobrepasa la demanda de responsabilidad que habitualmente les hago. Lo que ocurre es que, cada vez en mayor proporción, mis alumnos no saben lo que es estudiar. Una parte de ellos proviene de un colegio de primaria en el que no creen en el valor educativo de los exámenes, que es algo así como no creer en el valor humidificador del agua. Esos alumnos no es que no estudien, ni que no sepan estudiar, sino que desconocen lo que es el estudio. Creen que estudiar para un examen consiste en mirar sus apuntes, leerlos y entenderlos. "Pero, ¡¿cómo no los vais a entender?!", me desgañito, "¡¡Pero si están escritos en español!!"
Estos alumnos desconocen que estudiar para un examen no es entender lo que se lee (¡qué menos!) sino ser capaz de reproducirlo, demostrar que se han apropiado de ese conocimiento y que son capaces, por tanto, de expresarlo por sí mismos. No entienden que estudiar es aburrido, que no apetece, que cuesta. Y no entienden, sobre todo, que eso no significa que no deban hacerlo. Lo más indignante es que, cuando hablo con ellos sobre esto, y les digo que no tienen la culpa pero sí la responsabilidad de recuperar el tiempo perdido, sonríen y entre chanza y chanza reconocen que no se tuvieron que esforzar nada en primaria. "Pues tendréis que hacerlo en secundaria", les aviso, "y cuanto antes lo hagáis menos os costará remontar la situación". Entender esto me ha llevado tiempo y me ha costado enfados que, quizá, me podía haber ahorrado.
No soy optimista. He llegado al punto de decirle a unos padres que valoraba mucho que a su hija le supiera mal suspender. Y sabía que no era por el hecho suspender, sino por la amenaza de que le quitaran el móvil... ¡Pero al menos le dolía! A los profesores nos están quitando muchas armas de persuasión. Los castigos son cada vez más contestados por los padres y las repeticiones son cada vez peor vistas por la administración. Muy temerario se me antoja confiar en la capacidad del profesorado para conseguir que los alumnos aprendan por amor al arte y no por apego al móvil, a la consola o al simple dolce far niente, que despunta como principal fuente de entretenimiento para las nuevas generaciones.
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