Había un compañero en la oficina que nunca se quedaba a almorzar con nosotros. Todos los días hacía lo mismo. 12:30.
Cerraba la computadora.
Salía. Y volvía exactamente a la 1.
Nunca aceptó una invitación.
Nunca un café.
Nunca un almuerzo de equipo.
Empezamos a decir lo típico.
"Es un antisocial."
"No le interesa integrarse."
"Va siempre a la suya."
Hasta que un día coincidimos en el ascensor.
Le pregunté en broma:
—¿Algún día vas a venir a comer con nosotros?
Que estupidez haber sentido que se iba mi vida con el vínculo más inconcluso, mediocre, humillante y con menos proyección a futuro que he tenido jajaja