H.
Linda flor que adornas mi jardín; fresca te ves cuando el viento te acaricia, el rocío de la mañana coquetea con tu hermosura, la abeja cortejándote como si la vida fuera una y tu, delicada permaneces ignorante de tanta dulzura.
Embriágame a caricias, hazme sentirme en las nubes con tu tacto, hazme ensimismarme con tu calor corporal, vuélveme un completo adicto a ti y haz que no desee otra cosa más que estar contigo.
Que la luna escuche cuidadosamente los deseos de mi corazón y que las estrellas sean mis testigos para que la luna no se salga con la suya, pues se dice que la luna es envidiosa ante los deseos humanos.
La última vez que te abracé fue como sostener un ramo de espinas, mientras las apretaba con fuerza en mis mano sangrientas, al mismo tiempo que respiraba su dulce aroma cautivador y admiraba su belleza. Un dulce y doloroso encuentro.
No he sentido tacto y abrazó más profundo que el frío mismo del crudo invierno, haciéndome arder la piel con su impotente presencia. Abrázame y sumérgeme en tu soledad, déjame ser uno contigo.
Como una flor plantada en la fresca tierra en primavera, dejándose balancear por la brisa de lado alado, esperando a que un lindo ser, quede asombrado por su belleza, así me siento ser.
Que dicha fue besarte bajo la lluvia, de dejarte estamparme contra el tronco de un árbol, de dejarte bajar mis prendas y hacerme el amor de forma tan inaudita, de sentir tu respiración contra mis labios y ejercer un delicioso vaivén aún con nuestros cuerpos mojados por la lluvia.
Justo ayer me di cuenta. Me di cuenta de tu similitud con la luna. Justo en el momento en el que me sonreías con aquel característico brillo en tus orbes, mientras que el resplandor de la luna hacía brillar tu hermosa piel. Justo ahí, me di cuenta, de que eras mi luna.