Abro este hilo con esta foto para no volverme loca. estoy pasando la cuarentena trabajando en servicios no esenciales y lejos de mi hija a la cual cuidan sus abuelos. Si todo lo que voy teniendo en la cabecita no lo voy soltando por aquí me volveré loca.
Cuando era adolescente vi por primera vez el capítulo de Los Simpson de Frank Grimes. Me pareció un personaje hinchado, casi un chiste: un tío honesto y currante que se da de bruces contra Homer y no entiende nada. Años después el capítulo dejó de hacerme gracia. Empezó a darme mal cuerpo. Grimes no era una persona random.
Buscan a más posibles víctimas. De momento 131 mujeres víctimas de grabaciones en el centro de un masajista en Rivas. Se llama Centro Kukai. https://t.co/zytjWGMkVK
Caye, con toda la educación y el respeto que te tengo, que es cero: Me cago en tu puta madre, en tu padre y en toda tu estirpe, ijadelagranputa; en tus hermanos y tu hija, q ojalá siga triste por lo de la cabalgata.
In May 1860, she kissed her six children goodbye. She thought about the dinner she would cook later. She thought about the laundry. She thought about the quiet life of a mother in Illinois.
She had no idea that when the front door clicked shut, it would stay locked for three long years.
Her husband, Theophilus Packard, was a respected minister. To the neighbors, he was a man of God. But inside their home, he was a man who could not stand a wife who thought for herself. Elizabeth Packard liked to read.
She liked to debate religion. She had her own opinions about life and faith. In the 19th century, for a woman to have a brain was considered a danger.
Theophilus decided to end the argument once and for all. He didn’t need a crime. He didn't need a witness. In those days, the law in Illinois said a man could commit his wife to an insane asylum without any evidence or a public hearing. He simply had to say she was "disturbed."
One morning, a group of men arrived at her home. They didn't listen to her logic. They didn't care about her tears. They dragged her away to the Jacksonville Insane Asylum. Elizabeth was 43 years old, perfectly sane, and suddenly a prisoner.
When she entered the asylum, she expected to see people who needed medical help. Instead, she found a warehouse of "inconvenient" women. There were wives who had argued with their husbands about money. There were daughters who refused to marry men they didn't love. There were women who were simply too loud or too independent.
"This is not a hospital," Elizabeth realized. "It is a cage for the unwanted."
The doctors tried to break her spirit. They told her that if she just admitted her husband was right and she was wrong, she could go home. They wanted her to say she was crazy for wanting her own thoughts. Elizabeth looked them in the eye and said, "I cannot buy my liberty by a lie."
She didn’t give up. Instead, she started to write. She hid scraps of paper in the linings of her clothes. She tucked notes under floorboards. She recorded every abuse, every scream in the night, and every story of the women around her. She became a secret journalist inside a living nightmare.
After three years, she was finally released, but her husband locked her in a room at home. He planned to move her to another asylum in a different state. This time, Elizabeth’s friends helped her get a message to a judge.
A trial was finally ordered to determine if she was actually insane.
The courtroom was packed. Theophilus was confident. He brought "experts" to say that her religious doubts proved her mind was broken. But then, Elizabeth stood up.
She didn't shout.
She spoke with the calm power of the truth. She explained her beliefs. She showed the jury that having a different opinion is not a disease.
The jury only needed seven minutes. They came back with a single word: Sane.
Elizabeth walked out as a free woman, but she found that her husband had taken everything. He had sold their furniture, taken her money, and disappeared with their children. She was alone and penniless.
Most people would have disappeared into the shadows. Elizabeth did the opposite. She spent the next forty years traveling the country. She stood before the legislature and demanded new laws.
She said, "A woman's mind is her own, and the law must protect it."
Because of her, states changed their laws. They made it illegal to lock a person away without a fair trial and a medical exam. She turned her private pain into a public shield for thousands of other women.
She proved that even if you take away a woman’s home, her money, and her children, you can never truly take away her voice.
'Mientras los informativos miran al crucero, investigadores andaluces hacen público un estudio que acojona: entre 2019 y 2024 murieron por cáncer en Andalucía casi 4.000 personas más de lo esperable'
‼️Diario de campaña de @gerardotc
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Lo voy a tuitear todos los días: el Gobierno lleva tres años incumpliendo la Constitución sin presentar los Presupuestos. Los ciudadanos tienen derecho a saber en qué se gastan sus impuestos.
Moreno Bonilla mintió ayer en el debate descaradamente diciendo que cualquier ciudadano podía coger cita en atención primaria en 48 horas, eso es mentira, en la provincia de Cádiz minino son 15 días de espera. Se está cachondeando de la provincia de Cádiz y de Andalucía.
Multar por tender ropa fuera no corrige una conducta incívica; castiga una necesidad. Quizá ha llegado el momento de recordar que las ciudades no deberían ser perfectas postales, sino lugares habitables.
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Mochila robada en Five Guys de la avenida de la constitución. Familia italiana que estuvo de visita en Sevilla. Lo único que necesitan recuperar es el peluche de su hijo fallecido. 200€ recompensa.
Compartir porfavor!!
De Dos Hermanas soy y conozco bien esto de cerca.
Lleva anunciando el Metro desde que entró en la Junta. Y nunca llegó.
Y viviendas hay, sí, a 200.000€ la más barata, en una ciudad donde el 50% cobra el SMI.
Dos Hermanas se merece más que tu humo y promesas vacías.
La Guardia Mora.
«(…) Cuando la Guardia Mora entró en el pueblo comenzó a degollar a todos los hombres y niños, a las mujeres y a las niñas nos encerraron en la casa del cura, eramos unas treinta, nos custodiaba un hombre negro con tatuajes de la Legión en los brazos, apenas hablaba castellano, con una especie de machete doblado nos arrinconó y cuando Matilde Pozas intentó dialogar para que le diera agua a su niña le arrancó la mano izquierda de un machetazo. Afuera se escuchaban los gritos de nuestros padres, hermanos, maridos e hijos, lo veíamos por una pequeña ventana, en fila los iban asesinando entre las risas de los mandos del ejército español y los jefes falangistas, que disfrutaban del «espectáculo» sentados junto a la escalera de la pequeña plaza de toros. La sangre corría por las cuestas de Alfareque, era como un manantial de agua roja, olía a carne destrozada, las cabezas rodaban hasta el riachuelo que estaba detrás de la casa del cura. El sacerdote también contemplaba los crímenes con gesto sonriente, jamás lo entendí, ya que días antes daba la comunión a muchos de los asesinados.
Más tarde los moros saquearon la bodega de la cooperativa agrícola de la CNT, sacaron las barricas de vino tinto a la calle, entre gritos de ¡Alá es grande! saciaban su sed de sangre, preparados para sacarnos a la plaza y comenzar la violación múltiple. Yo tenía solo diecinueve años, nunca había estado con un hombre más allá de unos besos furtivos en el cine de los viernes noche. Les pedimos, les rogamos por las niñas, pero fue inútil, ellas fueron las primeras en pasar por aquellas bestias y su deseo criminal, varias murieron desangradas, con las entrañas desgarradas. Jamás había visto algo tan terrible, cada noche tengo el mismo sueño, como si para siempre me hubiera quedado atrapada en aquellos tres días terribles, eternos, innombrables, que solo te he contado a ti con tanto detalle, tal vez me sirva para borrar tanto dolor, aunque jamás pueda perdonar a los criminales…»
Fragmento de la entrevista a Lucía Alcaide Quiroz en La Laguna, isla de Tenerife en mayo de 1979, unos meses antes de fallecer esta gran mujer nacida en una aldea de Sanlúcar de Barrameda.
Recogidos del libro de Francisco González Tejera, «Oráculo del olvido», que completa la trilogía «Crónica del genocidio fascista isleño», junto a «Tormenta en la memoria» y «Semilla de memoria».