No acepté tu muerte en el velorio, ni en el entierro. Lo acepté cuando al día siguiente entré a tu cuarto y tú ya no estabas, cuando tu ropa seguía guardada, cuando no estabas para comer con nosotros. Ahí fue que entendí que nunca más te iba volver a ver.
Al final del día nadie sabe lo mucho que te esfuerzas por lo tuyo, la soledad que sientes a veces, las presiones diarias que enfrentas por eso siempre debes recordar hacer las cosas por ti y para ti.
Estoy tomando el hábito de despertarme feliz, sin importar lo que esté pasando. La vida podría ser mejor, pero también mucho peor; solo hay que ser agradecido.