El sistema electoral colombiano no es solo una institución, ni un software, ni una página de resultados. El sistema electoral colombiano también son las personas.
Son los jurados de votación que se sientan durante horas en cada mesa. Son, en su mayoría, empleados públicos, docentes, trabajadores de entidades territoriales, personas de universidades públicas y privadas, funcionarios de la Nación, trabajadores del sector privado y ciudadanos del común que entregan un día entero para cumplir una tarea democrática que exige concentración, paciencia y responsabilidad (y lo digo porque fio jurado muchos años).
Detrás de cada resultado hay personas que recibieron documentos, verificaron identidades, contaron votos, diligenciaron formularios, revisaron actas y firmaron al final de la jornada. Personas que no estaban haciendo política desde una campaña, sino cumpliendo una función ciudadana esencial para que el país pueda decidir.
Por eso, cuando se afirma de manera ligera que el sistema falló, también se termina poniendo bajo sospecha el trabajo de miles de colombianos y colombianas que hicieron su tarea con seriedad. Se señala, sin decirlo directamente, a maestros, servidores públicos, funcionarios territoriales, empleados y ciudadanos que estuvieron ahí, mesa por mesa, haciendo posible la democracia.
Claro que existen mecanismos para revisar, corregir y verificar. Y deben existir. Esa es precisamente una fortaleza del sistema. Colombia cuenta con actas, formularios, trazabilidad, información disponible, datos abiertos y resultados que pueden ser consultados, contrastados y revisados por campañas, autoridades, observadores y ciudadanía.
La transparencia también está en eso: en que la información esté disponible, en que los datos sean públicos, en que las diferencias entre preconteo y escrutinio sean verificables y, cuando son mínimas, nos recuerden que detrás de esos números hubo un trabajo cuidadoso de miles de personas.
Entiendo que una parte del país celebra y otra parte espera con preocupación. Entiendo la incertidumbre, el dolor y la tensión que puede producir una diferencia estrecha. Pero no podemos permitir que ese dolor lastime algo que hemos defendido durante años: la confianza en las instituciones, la separación de poderes y la independencia de los procesos democráticos.
Hoy más que nunca necesitamos serenidad. Serenidad para esperar lo que deba concluirse, para cuidar la confianza pública, para no deslegitimar sin pruebas el trabajo de miles de ciudadanos y para entender que, después de cualquier resultado, Colombia tendrá que seguir encontrándose.
Porque al final, la única salida responsable será trabajar unidos, reconocer nuestras diferencias y cuidar la democracia no solo cuando gana nuestra opción, sino también cuando el país nos exige madurez.