Hay tantas mujeres buenas en busca de amor: fieles amorosas cachondas divertidas inteligentes detallistas.
Y ahí andan tantos hombres pagando OnlyFans persiguiendo quimeras en Instagram atrapados en el swipe infinito y el porno fácil.
Prefieren la fantasía cómoda antes que el reto de una mujer real… y luego dicen que no encuentran a nadie.
La que cuida también necesita que la cuiden. La que da sorpresas también necesita recibirlas. La que piensa en todo el mundo también necesita que piensen en ella.
Nos enamoramos de 3 personas a lo largo de nuestra vida. Cada una llega por una razón específica. Déjame explicarte…
Nuestro primer amor
Suele ocurrir a una edad temprana y, con el tiempo, nos distanciamos o terminamos por las razones más tontas.
Cuando crecemos y maduramos, miramos atrás y pensamos que no fue amor.
Pero en realidad sí lo fue… fue amor según lo que sabíamos que era el amor en ese momento.
Siempre hay que recordar que existen distintas profundidades del amor.
Nuestro segundo amor, y este es el más duro…
Con esta persona sales herido.
Este amor nos enseña lecciones, nos hace aprender y nos vuelve más fuertes como individuos.
Incluye una gran cantidad de dolor, traición, abuso, mentiras y daño emocional.
Pero, lo creas o no, es con este amor donde más crecemos.
Aquí nos damos cuenta de lo que realmente sabemos sobre el amor y de lo que no sabemos.
Entonces levantamos muros, porque nos volvemos extremadamente protectores con nuestro futuro en las relaciones.
De forma natural, nos cerramos, nos volvemos desconfiados, muy cuidadosos y un poco asustados.
Pero ahora sabemos exactamente qué queremos en una pareja y qué definitivamente no queremos.
Nuestro tercer y último amor
Este llega de la nada. Sin advertencia. Sin señales.
No sales a buscarlo; en realidad, te encuentra a ti.
Puedes levantar todos los muros del mundo, y aun así caerán tan rápido como los construiste.
Te descubres cuidando de esa persona sin siquiera intentarlo.
No se parece en nada a tu “tipo” habitual, pero te pierdes cuando miras sus ojos.
No ves defectos; ves imperfecciones perfectas.
Te descubres contándole todo sobre ti y sobre lo que te ha convertido en la persona que eres hoy.
Quieres una vida con esa persona.
Quieres bailes lentos en la cocina, caminatas por la playa bajo un cielo estrellado,
quieres casarte con ella y tener hijos hermosos que se parezcan perfectamente a ambos.
Y cada noche, cuando cierras los ojos antes de dormir,
te descubres rezándole a Dios y agradeciéndole por las razones
por las que nunca funcionó con nadie más.