Hicieron una promesa en campaña respecto al CAE, la gente dejó de pagar, no cumplieron... Y ahora la culpa es de todos los demás, menos de ellos.
Son muy especiales.
La valla de Chesterton
En las colinas onduladas de la Inglaterra de principios del siglo XX, un joven reformista caminaba por un sendero rural cuando se topó con una valla antigua, robusta, que cruzaba el paisaje sin aparente motivo. Molesto por aquel obstáculo inútil, el joven empuñó su hacha y se dispuso a derribarla. En ese instante apareció un anciano, G. K. Chesterton, que lo detuvo con una frase que resonaría a lo largo de los años:
«Si no sabes para qué está esa valla, no la derribes. Probablemente fue levantada por una razón que aún no alcanzas a ver».
Así nació la valla de Chesterton, una parábola convertida en principio de prudencia. La valla representa cualquier institución, norma o tradición que ha perdurado en el tiempo:
la familia,
la propiedad,
la religión,
las costumbres.
No se levanta por capricho. Alguien, en algún momento, enfrentó un problema real, como lobos, ladrones, inundaciones, caos, y colocó tablones y postes para resolverlo. Quien ignora esa historia, quien solo ve el estorbo desde su perspectiva moderna, corre el riesgo de abrir un paso por el que volverán los viejos peligros, ahora invisibles para él.
El reformista impaciente cree que la valla es mero residuo del oscurantismo. El sabio, en cambio, pregunta primero: ¿por qué existe? ¿Qué sucedía antes de que estuviera allí? Solo después de entender su función, y de comprobar que ya no es necesaria o que existe una solución mejor, procede a modificarla. Derribarla por intuición o por ideología es un acto de arrogancia histórica.
Décadas después, a finales de los años 60 del siglo XX, una generación entera de intelectuales y activistas de mierda decidió que había llegado el momento de limpiar el paisaje social de todas las vallas antiguas. La izquierda post-1968, armada con teorías de liberación y desconfianza hacia todo lo heredado, emprendió una campaña sistemática contra las estructuras que habían dado forma al Occidente moderno.
«¡Abajo la familia nuclear!», proclamaron, viéndola como una cárcel patriarcal.
«¡Abajo la meritocracia!», añadieron, pues premiaba el esfuerzo individual en lugar de la equidad de resultados.
«¡Abajo las fronteras!», gritaron, porque separaban a los seres humanos.
«¡Abajo los roles de género!»
«¡Abajo el cristianismo!»
«¡Abajo la propiedad privada!»
Todo era opresión, todo era arbitrario, todo era valla que había que derribar.
Sin embargo, aquellas vallas no habían surgido del vacío. La familia nuclear había evolucionado como el sistema más estable para criar hijos con inversión parental alta, reduciendo el abandono y la delincuencia juvenil.
La meritocracia canalizaba el talento y el esfuerzo hacia la movilidad social, evitando que las sociedades se estancaran en castas.
Las fronteras permitían a las comunidades definir quiénes compartían sus recursos y obligaciones, evitando la tragedia de los comunes en el Estado de bienestar.
Los roles de género tradicionales habían coordinado la división del trabajo en la crianza y la provisión.
La religión había proporcionado cohesión moral y sentido a largo plazo.
La propiedad privada había incentivado la creación de riqueza y el cuidado de los recursos.
Al derribarlas sin comprender su función, los resultados fueron tan predecibles como dolorosos. En ciudades gobernadas por la nueva sensibilidad progresista, los índices de crimen se dispararon al debilitarse las normas informales de orden social. Las tasas de fertilidad cayeron en picado allí donde la familia fue redefinida hasta diluirse, generando declive demográfico y envejecimiento acelerado. La polarización creció porque, sin marcos culturales compartidos, cada grupo defendía sus intereses tribales. La movilidad social se estancó cuando se sustituyó el esfuerzo por cuotas y narrativas de victimización.
«El patriarcado era opresión», repetían, sin ver que también había sido el marco que permitió la crianza estable y la complementariedad entre sexos.
«Las fronteras son racistas», sentenciaban, sin advertir que ignoraban la dinámica migratoria: cuando los incentivos del bienestar atraen flujos masivos sin asimilación, los recursos se sobrecargan y la confianza social se erosiona.
La valla de Chesterton sigue allí, en medio del paisaje, ahora medio derribada. Algunos siguen hacha en mano, convencidos de que el problema es que aún quedan trozos en pie. Otros, más cautelosos, han comenzado a preguntar en voz baja: ¿y si antes de seguir derribando, intentamos entender por qué estaba ahí? O bien podríamos hacer una pregunta más directa: zurdos de mierda, ¿por qué no intentan extinguirse entre ustedes?