Cuando @IvanCepedaCast se pregunta por qué somos tan benévolos con la guerra y tan duros con la paz, tiene toda la razón. Porque a la guerra le perdonamos todo: sus muertos, sus fracasos, sus décadas de horror. Siempre creemos que ahora sí funcionará. Pero a la paz le exigimos perfección inmediata, le exigimos milagros, le cobramos cada error como si la guerra no hubiera cometido millones.
¿Qué necesitamos hacer los colombianos para ser más generosos con la paz? Tal vez entender que la paz no es ingenuidad ni rendición. Tal vez entender que la paz es el acto más valiente de una sociedad cansada de enterrarse a sí misma. Y quizás también necesitamos dejar de romantizar la violencia, dejar de sentir satisfacción con la muerte del otro, dejar de creer que un país puede construirse eternamente sobre el odio.
¿Por qué no somos igual de severos con la guerra? ¿Por qué no le exigimos resultados a quienes llevan décadas prometiendo sangre y dejando dolor? Colombia necesita aprender a darle a la paz al menos una parte de la paciencia, la fe y las oportunidades infinitas que siempre le ha dado a la guerra
El astrofísico Neil deGrasse Tyson lo resume con datos que no admiten mucha discusión:
En la época de las cavernas, un ser humano vivía en promedio 30 años. Para 1840, la esperanza de vida apenas había subido a 35. Y eso que todo era “orgánico”: aire puro, agua sin procesar y animales de libre pastoreo.
Aun así, la gente moría joven.
Lo que realmente disparó la expectativa de vida no fue la “vida natural”, sino la ciencia: vacunas, antibióticos, saneamiento, tecnología médica y conocimiento acumulado.
Por eso las expectativas razonables deben alinearse con lo que muestra la evidencia científica.
Y si algo enseña la historia es esto: cada vez que confiamos en la evidencia, avanzamos; cada vez que la ignoramos, retrocedemos.