Barrelier abusó y asesinó a Agostina de 14 hace una semana, a una chica de 20 la secuestró y casi abusó el año pasado, y hoy sale a la luz que hace 8/9 años este tipo con un grupo de hombre abusaron a una nena de 12 años y que se archivó la causa. El Poder Judicial es cómplice.
Ha fallecido a los 56 años Marjane Strapi, la autora de "Persépolis".
Dice la nota de la familia: "Marjane Satrapi murió de tristeza poco más de un año después del fallecimiento de Mattias Ripa, su marido y el amor de su vida".
A pesar de que la tobillera debió ser colocada de manera inmediata el día jueves , Marcelo Porcel aún no la tiene. Hoy reza misa en la Basílica de Luján. En qué quedamos señor juez? Hace más de 48 que esperamos su resolución.
El otro día me pasó una movida increíble con un BMW que demuestra que hay gente que va a su bola todo el rato y se cree que el mundo gira a su alrededor y que ellos son los únicos que importan.
Iba yo con mi hijo por el parking de Parquesur, por esos caminitos para peatones a punto de cruzar un paso de cebra que hay, cuando llega un BMW —blanco, algo viejo— y pasa ahí, despacito, con todo su papo, casi rozándonos, como si no existiéramos.
Así que le pego un grito: “¡¿TÚ DE QUÉ VAS, TRONCO?!”, y resulta que el pavo se para delante, a un lado, y se baja del coche. Y claro, yo en plan encima vamos a tener bronca, que antes a lo mejor me daba más igual pero si pones en peligro a mi hijo igual la tenemos, lo cual es un problema porque no quiero tener bronca con el niño delante. Pero ¿qué hago? ¿le dejo que haga lo que le salga de las pelotas y encima tengo que aguantar que se ponga borde? Pues no, claro. Así que me preparo para mandarle a tomar por el culo a la mínima.
Sale el tío —unos treinta y pocos, vestido con un traje que le quedaba mal, o muy grande o muy pequeño o las dos cosas a la vez— y me doy cuenta enseguida de que no iba a pasar nada de lo que yo creía que iba a pasar. Porque no tenía cara de montar bronca, tenía *esa* cara.
*Esa* cara es una cara muy reconocible. Es la cara de que igual venía de una entrevista de trabajo en la que un tal Íñigo y un tal Gonzalo, que llevaban ambos un polo de marca y sonrisa de prospecto farmacéutico, le habían explicado durante cuarenta minutos que no encajaba en el perfil mientras pronunciaban tres veces la palabra sinergia y ninguna vez la palabra sueldo. La cara de que igual esa misma mañana el casero le había mandado un mensaje y él lo había leído en el ascensor y había hecho los números y los números no daban. La cara de que igual todavía llevaba el teléfono caliente de haber hablado con su madre, que está bien, que siempre está bien, aunque le hable desde el Hospital Universitario de Burgos porque esta noche se ha caído en el pasillo cuando iba a hacer pis y ya no le funcionan bien las manos por los temblores y ya no es capaz de escribir, ella, que escribía cuentos dedicados al tipo cuando el tipo era un niño de seis años y no sabía que iba a estar a 300 kilómetros de su madre, en una ciudad enorme, conduciendo un coche de hace veinte años, y tratando de hacer su vida lo mejor que puede o lo mejor que le sale, pero ella está bien, hijo, no te preocupes.
Igual sí, igual la cara era exactamente la cara de eso que es muy probable y muy poco averiguable, la cara de que no le pasaba nada en concreto, solo la presión barométrica difusa y acumulada de estar vivo un viernes cualquiera en un mundo que no está diseñado para que nadie esté contento, sino para que todos lleguemos tarde a algún sitio y no prestemos atención a nada de lo que nos rodea. Ya sabéis, *esa* cara.
El hombre se me acerca y me dice: “Lo siento, tío, no os he visto, no quería asustaros”. Y se agacha a la altura de Lucas y le dice “Qué niño tan guapo”. Y yo le he dicho: “Es verdad que nos hemos asustado, ten un poco más de cuidado, ¿vale?”. Y él ha dicho:
—Sí, lo intentaré.
Y luego me ha dado un abrazo de esos un poco mierder que nos damos los tíos, y más los desconocidos, que es una cosa que te estrechas la mano como por los pulgares y acercas el antebrazo al pecho del otro y le das una palmadita en la espalda. Después se ha subido al BMW blanco algo viejo y se ha ido.
Unos diez minutos más tarde, cuando ya íbamos en el coche de vuelta a casa, Lucas me ha preguntado desde la sillita de atrás: “Papá, ¿por qué has abrazado a ese señor”.
Y yo querría haberle dicho que porque el señor se ha equivocado y ha pedido perdón y eso está muy bien, hay que pedir perdón cuando nos equivocamos y hacemos daño a otra persona, y también que la mayor parte de las veces nadie está contra nosotros, nadie intenta realmente hacernos daño, es solo que creemos que estamos solos en el mundo, que somos los únicos que importamos, que vamos a nuestra bola, pero casi nunca sabemos de qué esta hecha esa bola con la que cargamos todos.
Pero lo que le he dicho es “Porque los señores también se abrazan”, que suena a canción de los Cure, pero yo qué sé, es lo que me ha salido en ese momento.
Hace algunos años, cuando acabábamos de tomar posesión de nuestra nueva casa, adquirimos cierto artefacto moderno que arroja agua con tanto brío que limpia una piedra mejor que cien años de lluvia. Quedamos mi esposo y yo tan prendados de la máquina que pasamos tardes enteras buscando suciedades sobre las cuales ejercitar sus virtudes.
Hallábase el suelo del patio de entrada cubierto de una costra tan antigua que parecía proceder de fecha anterior a las dificultades cervicales de la nobleza francesa, allá por mil setecientos ochenta y pocos.
Celebrábamos una tarde nuestra condición de propietarios recientes con una botella de borgoña tan buena que no tardó en parecernos excelente. Acabamos con ella y descendimos a la bodega para verificar si otra botella ofrecía iguales virtudes. Ofrecíalas. Hubo nuevas comprobaciones. Las vástagas andaban ausentes y nuestro contento aumentaba con cada botella, mientras el juicio emprendía discretamente la retirada.
Sucedió entonces que el esposo comenzó a trazar sobre las losas ciertas líneas cuya intención se me escapó al principio. Mas cuando aparecieron dos gónadas de respetable tamaño comprendí perfectamente los propósitos del autor. Lejos de corregir tan lamentable desviación, tomé la lanza y procedí a enriquecerla con nuevas aportaciones.
Porque una cosa es la necedad y otra hacer las cosas a medias.
Y así proseguimos la labor, acometidos de tales ataques de risa que apenas acertábamos a sostener la lanza, persuadidos además de hallarnos produciendo una obra de extraordinario mérito.
No afirmaré que el resultado fuese perfecto, porque dibujar un carajo con agua a presión presenta dificultades técnicas que rara vez se mencionan. Diré solamente que nadie habría podido confundirlo con un molino.
Mas quiso la fortuna castigarnos por nuestra majadería.
Esperábamos aquella tarde a la señora Eusebia, mi augusta suegra, aunque varias horas más tarde. Pero la mujer decidió adelantarse. Llegó acompañada de dos amigas de toda respetabilidad y penetró en la finca sin que ninguno de nosotros la oyese, porque el estruendo del artefacto era considerable y porque toda nuestra atención se hallaba puesta en cierta empresa de dudoso provecho y aún más dudosa necesidad.
Nunca olvidaré aquella visión.
Las tres damas caminaban con la tranquilidad propia de quienes esperan visitar una casa respetable. El esposo y yo contemplábamos alternativamente a las visitantes y al gigantesco nabo que ocupaba buena parte de la entrada. Y mientras ellas se acercaban, iba pareciéndonos que la criatura crecía por momentos, como si hubiese decidido recibir personalmente a las honorables visitantes.
Qué pensaron aquellas damas no sabría decirlo. Qué pensó la señora Eusebia tampoco. Sólo sé que el esposo y yo, que una hora antes nos teníamos por personas cabales, nos hallamos de pronto ante tres inquisidoras en pleno ejercicio de sus funciones.
Si alguna vez he necesitado prueba de que la prosperidad, el vino y el ocio forman alianza peligrosa, ninguna me ha parecido tan concluyente como aquella prescindible tarde.