La relación entre el poder y la prensa vuelve al centro del debate. En #LaEntrevistaConSarmiento, @SergioSarmiento conversó con @lucianopascoe sobre libertad de expresión, medios de comunicación y los desafíos del periodismo en el México actual. Por @adnnoticiasmx https://t.co/xOx1qeqAtG
Organizamos el coloquio "Conservadurismo Bueno y Malo", donde jóvenes de @LaSTMercado discutieron a Hayek, Hoppe, Oakeshott y Scrutton en el Centro Cultural Isidro Fabela Casa del Risco @CasadelRisco.
Emprender no empieza con dinero, empieza con una misión.
El dinero es consecuencia; el verdadero motor es construir algo que valga la pena y no rendirse cuando llegan los obstáculos.
Reflexión de Ricardo B. Salinas sobre lo que realmente significa emprender. 👇
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“Quisiera que entendieran los impuestos como robo, los políticos como ladrones y todo el aparato y burocracia del estado como una mafia”
Hans Hermann Hoppe
🖋️ Sigue abierta la convocatoria del Premio Periodismo Joven 2026 “Carlos Alberto Montaner”.
🏆 10,000 USD para reconocer el rigor, la excelencia y la defensa de la libertad en el periodismo.
📅 Cierre: 25 de octubre de 2026
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#PeriodismoJoven #CarlosAlbertoMontaner #LibertadDeExpresión
Efecto IKEA
En un laboratorio de la Universidad de Harvard a principios de la segunda década del siglo XXI, tres investigadores, Michael Norton, Daniel Mochon y Dan Ariely, observaron un patrón curioso en el comportamiento humano. Pedían a voluntarios que ensamblaran muebles sencillos de IKEA, luego les ofrecían la opción de comprar el mismo producto ya montado o el que ellos mismos habían armado. Invariablemente, los participantes pagaban más por el que habían construido con sus propias manos, aunque fuera torcido, inestable o claramente inferior. El fenómeno, bautizado como efecto IKEA, revela una sesgada valoración cognitiva: tendemos a sobreestimar aquello en cuya creación hemos invertido esfuerzo personal, aunque el resultado sea mediocre. No es mero apego sentimental; es un sesgo que distorsiona la evaluación racional de calidad y utilidad.
Este sesgo no se limita a estanterías tambaleantes. Se extiende a cualquier ámbito donde el ser humano invierte tiempo, identidad o estatus en fabricar algo propio. El cerebro recompensa el esfuerzo invertido con una ilusión de superioridad, ignorando evidencias objetivas de fracaso. Es una trampa evolutiva que favorece la autojustificación sobre la verdad.
La izquierda contemporánea, con su pasión por edificar realidades a medida, cae una y otra vez en esta trampa cognitiva. Valora desmesuradamente sus propias construcciones ideológicas, como políticas «participativas», sistemas educativos estatales, modelos económicos «justos», aunque los datos muestren una y otra vez su inferioridad frente a alternativas basadas en la espontaneidad y la responsabilidad individual. Han ensamblado durante décadas un gigantesco mueble ideológico con piezas de planificación central, cuotas obligatorias y narrativas victimistas, y ahora, aunque cojee, suene y amenace con derrumbarse, lo defienden con ferocidad precisamente porque es suyo. Lo armaron ellos. Lo sudaron en aulas, ONG, ministerios y tribunas. Por tanto, debe ser valioso.
Tomemos la educación pública tal como la conciben. Han invertido décadas en «reformarla», añadiendo capas de ideología, burocracia y control centralizado. El resultado es un embrollo de sistemas que producen analfabetismo funcional, adoctrinamiento y fracaso escolar masivo en muchos países. Cualquier comparación con modelos de elección escolar o competencia entre centros revela brechas abismales en los resultados. Pero para ellos, desmantelar su creación equivaldría a admitir que el esfuerzo colectivo invertido fue inútil. Así que lo defienden con uñas y dientes, inyectando más fondos, más regulaciones y más excusas. «Es nuestro proyecto», parecen decir, mientras los alumnos salen peor preparados que en los sistemas menos intervenidos.
Lo mismo ocurre con las políticas económicas «inclusivas». Construyen marcos regulatorios densos, subsidios selectivos y redistribuciones forzosas que ahogan la innovación y generan dependencia. Cuando surgen crisis de escasez, deuda insostenible o fuga de talento, no revisan el diseño defectuoso. Lo abrazan con más fuerza. Fue su ensamblaje. Desarmarlo implicaría reconocer que el mercado, con sus ajustes espontáneos y responsabilidad individual, produce resultados muy superiores sin necesidad de tanto tornillo ideológico.
Este apego irracional explica la resistencia casi religiosa a cualquier evidencia que cuestione sus experimentos sociales. Reformas que funcionan en la práctica (liberalización, desregulación, énfasis en el mérito) son rechazadas no por datos, sino porque no llevan la firma del colectivo que las sueña. Prefieren un armatoste inestable fabricado por ellos mismos antes que un mueble sólido comprado en el libre mercado de ideas.
La ironía es cruel. El mismo sesgo que hace que un aficionado pague más por una silla coja fabricada en su garaje, lleva a sociedades enteras a subsidiar con impuestos y libertades perdidas proyectos que nunca habrían sobrevivido una evaluación imparcial. El efecto IKEA no solo infla el precio emocional de sus fracasos; los vuelve intocables.
Al final, la lección resulta demoledora. Cuando un grupo político confunde el sudor invertido en construir un sistema con su calidad real, condena a millones a vivir dentro de un mueble torcido que nadie más querría. Y lo más inquietante es que, cuanto más se tambalea, más lo aprietan contra el pecho, convencidos de que su esfuerzo lo hace hermoso.
"El socialismo promete el paraíso en la tierra, pero SIEMPRE termina construyendo un infierno... Sin Dios, sin libertad y sin alma"
Cardenal Robert Sarah
"La tarea de una educación liberal es esta: enseñar a valorar aquello que va más allá de la dominación, formar ciudadanos sabios para una comunidad libre y, al combinar la responsabilidad ciudadana con la libertad creativa de cada individuo, permitir a la humanidad dotar a la vida del esplendor que unos pocos han demostrado que es posible alcanzar."
- Bertrand Rusell