Yo hoy: yogurt con granola proteica
Yo mañana: 1 litro de fernet 3 alplax 6 empanadas 4 sanguchitos de miga 2 pastelitos 1 rivotril 1 pollo al horno con papas 2 enanos
Lautaro Martínez -de acá en adelante, Lautaro- vivió lo que viven miles y miles de pibes en una pensión de un club del fútbol argentino. A diferencia de esa gran mayoría de miles y miles, Lautaro llegó (y “llegar”, en el ambiente del fútbol acerca del que escribe Lautaro, quiere decir, o muchas veces se reduce, a debutar en la Primera División). Pero Lautaro, más que dejar Bahía Blanca, instalarse en la pensión de Racing en Buenos Aires y debutar en Primera, siguió -y sigue-, y ahí está su corazón, su esfuerzo y su temple: en seguir.
¿O por qué, después de meter tres goles en un partido, Lautaro piensa en las jugadas que no terminaron en gol, en las definiciones que falló, en las pelotas que perdió en la cancha, y no se siente bien, cómodo con él mismo?
¿O por qué, después de convertirse en profesional, destaca a Manuel Fernández, el primer entrenador que tuvo cuando llegó a Racing?
¿O por qué, después de que lo empezaran a llamar Toro, animal tatuado en su muñeca, quiso que un nutricionista personal le regulase la alimentación y, desde entonces, no toma gaseosas, no come dulces ni grasas?
¿O por qué, después de cada partido, pide los videos y analiza su juego con obsesión, a sabiendas de que en los pequeños detalles está la diferencia?
¿O por qué, después de los entrenamientos en las inferiores, ayudaba barriendo los pisos de la pensión?
¿O por qué, después de eso, jugaba al básquet como lo hacía en Bahía Blanca y pedía ir de alcanzapelotas a los partidos de Primera?
¿O por qué, después de que Cecilia Contarino, psicóloga de Racing, les realizara pruebas de concentración a más de 200 chicos del club, Lautaro era el que las resolvía más rápido y, entonces, el que sacaba el puntaje más alto?
¿O por qué, después de debutar en la Primera de Liniers de Bahía Blanca a los 15 años, se probó en Boca, no quedó, y no agachó la cabeza?
¿O por qué, después de ser reconocido como una figura del fútbol argentino, eligió sin embargo vacacionar en las playas de Monte Hermoso, cerca de su familia y amigos, jugando al truco y tomando mate?
En estas palabras simples y potentes, quizá Lautaro, deportista serio, disciplinado, decidido y dedicado, entregue, aunque sea sin querer, una pista.
El 13 de julio de 2014, el día que Argentina jugó ante Alemania la final del Mundial de Brasil, Lautaro se pintó en los cachetes banderas celestes y blancas (o blancas y celestes). Había llegado ese año a Avellaneda. Tenía 16. Miraba los partidos por la tele de la pensión. Casi cuatro años después, fue citado por primera vez para jugar en la Selección, y se le cayeron algunas lágrimas, y recordó aquellos días duros en que se quería volver a Bahía Blanca.
Siguió.
Y donde quiera, Lautaro será siempre ese chico que sigue.
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